Isaías Lafuente – Orgullo


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

El colectivo LGTB celebra en estos días la fiesta del Orgullo. Y lo hace en un año en que se conmemoran los diez años de la entrada en vigor del matrimonio igualitario que convirtió a nuestro país en pionero de un camino hacia la normalidad que han transitado después otros países, el último, Estados Unidos. No hace falta ser homosexual para sentirse orgulloso de los pasos dados, como no es necesario ser mujer para sumarse a la lucha contra la violencia de género ni lo fue ser negro en Estados Unidos para apoyar la abolición de la inhumana esclavitud.
La ley borró de un plumazo décadas de humillación para muchas personas que tuvieron que vivir su condición sexual en secreto para no verse discriminadas, insultadas y perseguidas. No está todo hecho. Quedan resquicios activos de violencia homófoba, permanecen prejuicios latentes y personas o instituciones de pensamiento rancio que aún consideran la homosexualidad una rareza, una tara, incluso una enfermedad que puede y debe curarse. Pero, por fortuna, hoy la rareza son ellos. También quedan algunos resquicios legales que marcan diferencias en lo que, en teoría, es un matrimonio igualitario, como el proceso que las parejas homosexuales tienen que seguir en la inscripción de sus hijos, que es un poco más tortuoso que el señalado para las parejas heterosexuales.
En todo caso, es el momento de reconocer a quienes pelearon por hacer normal en la ley lo que en la calle era normal. A quienes empujaron desde los colectivos homosexuales, a los personajes conocidos que dieron un paso adelante para hacer visible su condición y animar a otros y otras a hacerlo, a los políticos que impulsaron las reformas necesarias para ampliar los derechos y a una sociedad educada en el rechazo que, sin embargo, fue capaz de adaptarse para hacer definitivamente justicia.
Y mientras celebramos y disfrutamos de lo evidente, conviene no olvidar que en muchos países del mundo millones de personas aún son perseguidas por su condición homosexual y pagan su identidad con la cárcel o con la muerte. Muchos de ellos buscan refugio en España como un oasis de respeto y libertad. Y eso debe ser también motivo de orgullo.

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