Fernando Jáuregui – Como de Groucho Mas


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

«Y, si mis principios no le gustan, tengo otros». Es una de las frases que han cimentado la leyenda del cínico -lea usted sus memorias: tremendamente decepcionantes- Groucho Marx. El hombre que del surrealismo hizo un hito en el cine, es decir, en la vida. Leo a uno de mis columnistas favoritos, Enric Juliana, que «Catalunya, como siempre experimental, corre el riesgo de convertir el 27-s en una jornada daliniana». Toma más surrealismo. Tiene razón: ¿acaso no sería digno de André Breton el caso de un político que, contra viento y marea, e intuyendo que las perderá, convoca unas elecciones -con ocho meses de anticipación- para, a continuación, darse cuenta de que los mismos que le sustentaban dicen que sí, que bien por las elecciones, pero sin que ese político pueda presentarse? Patada en salva sea la parte al político en cuestión.
Así que el político en cuestión, que no es otro que Artur Mas, se encuentra con unas elecciones, convocadas por él, en las que quienes teóricamente deberían apoyarle le dicen que mejor que se quede en casa. Y, a partir de ahí, el desmadre total ante unas elecciones que, a falta de ochenta días, aún ni sabemos si darán o no la vuelta al mundo: y, así, tenemos la lista «única» de Mas; otra de la del (¿ex?) aliado Oriol Junqueras, que habla de formar su propia lista de Esquerra; otra, la de las «entidades civiles», como la ANC y Omnium, que quieren su propia candidatura, políticos -por tanto, Mas y Junqueras- excluidos. Finalmente, tendríamos la lista de la peculiar CUP, que quiere abrir un período constituyente de dos meses a partir de las elecciones del 27 de septiembre, que no servirían para elegir un nuevo president de la Generalitat, sino para convocar otras elecciones, las de la independencia, sesenta días después.
Así de alborotado, que no alborozado, está lo que podríamos llamar el «bando independentista». Lo único seguro es que, si finalmente hay elecciones el 27-S, Artur Mas -que sugiere que podría no convocarlas finalmente, visto cómo anda el patio– habrá quedado expulsado de la política, por méritos propios, esa misma noche. El independentismo se habrá fraccionado, la sociedad catalana estará aún más dividida y todas las vergüenzas de una manera de entender la política, desde la corrupción de la familia ex presidencial (y no solo ella, claro) hasta el chantaje al Estado -porque Cataluña está quebrada–, saldrán a la luz nacional e internacional. Artur Mas, culminando una desastrosa trayectoria de sus antecesores Maragall y Montilla, habrá colocado la reputación política de Cataluña a la altura del betún.
No sé ya si debemos seguir hablando de independentismo, de incompetencia máxima o de una manera curiosa de entender un neo anarquismo (al fin y al cabo, Barcelona fue la sede natal de la FAI, que tanto gusta a su actual alcaldesa, Ada Colau). Sí sé que, de esta, los partidos políticos, todos los partidos políticos, incluyendo a los no secesionistas, salen tocados, de manera muy especial el gobernante, Convergencia Democrática de Catalunya. También sé que la Generalitat, como institución, queda destrozada en su imagen y prestigio, y que toda la clase política catalana, si se quiere con la excepción del líder de Ciudadanos, que ha dado el salto a la batalla nacional, ha quedado seriamente descalabrada. Si Mas cree que, derrotado pero glorioso, su prestigio va a ser el del líder que dio el paso decisivo hacia la salvación de su pueblo, que vaya abandonando sus sueños mesiánicos: será recordado como el ambicioso sin las cualidades necesarias para ser siquiera un mártir. Es el Atila que ha arrasado todo lo que ha tocado, incluyendo las relaciones de Cataluña con el resto de España. A ver cómo se restaura ahora tanto desastre.
Y lo más curioso de todo es que Artur Mas ha hecho bueno a Mariano Rajoy en su inmovilismo impasible: a ver si ahora el presidente del Gobierno central resulta que estaba acertado en su política -que yo siempre he criticado, y sigo haciéndolo- de no mover un dedo, esperando que todo se pudra a su alrededor… En fin, es la guerra de Gila: Más madera, que Groucho Mas quiere inmolarse en la pira, abrasando, de paso, cuanto se halla a su alrededor. Menudo final de carrera.

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