Siete días trepidanets – Pero, ¿qué se dijeron el Rey y Mas?

Siete días trepidanets - Pero, ¿qué se dijeron el Rey y Mas?


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Uno, que al final es, como periodista, un mirón, hubiese dado cualquier cosa por estar en el lugar del discóbolo de Dalí, situado en el despacho en el que el Rey recibe a sus interlocutores privados, y haber escuchado lo que, en ochenta minutos tensos, o quizá no tanto, el Rey y el president de la Generalitat tuvieron a bien decirse. Felipe VI, que es todo cordialidad, recibió inusualmente serio a Artur Mas, que, quizá porque no se le ocurrió nada mejor, dijo a los periodistas que le acosaban a la entrada de La Zarzuela que venía «en son de paz». Como no había muchos más titulares que sacar del encuentro -si la Generalitat filtró algo, lo cierto es que aún no ha trascendido a los medios–, esa solemne insignificancia fue la que constituyó la comidilla de las crónicas de un encuentro que no puede, contra lo que dijo la portavoz del Gobierno en La Moncloa, enmarcarse en lo rutinario de las audiencias del jefe del Estado a otros presidentes autonómicos.
Queriendo o sin quererlo, Mas acudió a La Zarzuela reverencioso, mientras su hombre de confianza, Homs, desdeñaba en Barcelona la «legitimidad española». Eso, sin duda para que nadie vaya a creer que por el hecho de ir a visitar al Rey, Mas acata esa legitimidad que hizo que Mariano Rajoy declarase que «Cataluña no será independiente» porque el Estado de derecho lo impedirá. No dijo cómo lo impedirá, mientras la Generalitat, que anda de zigzag en zigzag, parece que ya ha aclarado sus planes: elecciones el 27 de septiembre con la lista única que ustedes ya conocen, encabezada por un ilustre tercera fila cuya única notoriedad es su parecido físico con Varoufakis, y luego, si ganan esas elecciones, que las ganarán porque en el lado antisecesionista prima la lucha de partidos sobre el bien de Estado, iniciar un proceso separatista que durará entre seis y dieciocho meses, según cuál sea la fuente que lo explique.
Frente a esos planes, encontramos: a un Rajoy que solamente esta semana habló por primera vez en público sobre la independencia catalana -no es el presidente persona a la que guste poner las cosas demasiado claras, sobre todo cuando le disgustan_; a una parte acobardada de la sociedad catalana, que anda en disquisiciones acerca de si Albert Rivera es más de izquierdas que Alicia Sánchez Camacho, si Duran i Lleida tiene o no mérito al haber roto su coalición con Convergencia, o si Carme Chacón es mejor candidata que Iceta; a otra parte de la sociedad catalana, representada por las fuerzas afines a Podemos y a ICV, que no se declaran independentistas y que, en un momento dado, tendrán que optar entre subirse al barco secesionista o sumarse a los que están en contra (Ada Colau ya ha sugerido que ni siquiera irá a la Diada); encontramos, claro está, al resto de los españoles, atónitos ante la inacción del Gobierno central en esta materia. Y encontramos al Rey.
Mal van las cosas cuando el Monarca parece ser el único valladar frente a los insensatos planes de Mas/Junqueras/ANC/Omnium/CUP, que, reproduciendo la declaración del Estat Catalá en 1934, van a provocar una brecha difícil de restañar no solamente en la ciudadanía catalana, sino en la del resto de España. Estamos a poco más de dos meses del inicio de un conflicto que a todas luces es muy serio y en los aledaños de La Moncloa se sigue pensando en las elecciones generales de diciembre, en cómo ganarlas presentando a Pedro Sánchez, a quien algunas encuestas le dan ya como posible -no aún probable- próximo primer ministro, como aliado de Podemos, es decir, como aliado de Tsipras. ¡En eso andan los estrategas monclovitas! Y si por casualidad alguien tiene un plan de actuación para el conflicto catalán, lo guardan como oro en paño, no vaya a ser que trascienda a los ciudadanos y se nos quite por fin la preocupación ante el pertinaz mirar oficialmente hacia otro lado -hacia Galicia, por ejemplo- con tal de desviar la vista de lo que se fragua en el nordeste.
Pues eso, que ahí está el Rey, que sin duda le habrá cantado las cuarenta a un Mas que, de las cuarenta, no sería capaz de entender ni diez. Cuando los dioses quieren perder a los hombres, primero los ciegan, y algún famoso caricaturista dibuja desde hace tiempo al molt honorable president con gafas y bastón de invidente. Con ello quiero decir que lo probable es que el jefe del Estado, que es ya sin duda el mejor rey que ha tenido España en toda su Historia, y el representante de la autonomía catalana, que es un digno sucesor de la torpeza de sus antecesores socialistas en el cargo, no se hayan entendido en absoluto. Y no se puede desgastar la figura del Monarca poniendo en su boca amenazas de actuación constitucional si los de la alianza secesionista violan la legalidad (no sería, por cierto, la primera vez); eso le corresponde al Gobierno central, a los dirigentes de otras formaciones políticas, a representantes de las otras instituciones, pero nunca al Rey, que es ya el único que puede recibir, en un marco de normalidad, al catalán Mas, al vasco Urkullu -menuda lección de sensatez está dando en comparación con el ultranacionalismo catalán_ o a la navarra Barkos, que esa es otra.
Así que el Estado anda como algo cojo, desequilibrado del lado del poder civil y cargando el peso excesivamente sobre las espaldas de un jefe del Estado que, al final, tendrá que mojarse más de lo que sería conveniente y deseable: la estrategia de Rajoy, consistente en aguardar a que todo se pudra, estuvo a punto de darle buen resultado ante el caos organizado por Mas y sus muchachos; sin embargo, ahora ya ha fracasado. La imagen que nos hubiera gustado ver desde hace muchos, muchos meses habría sido la de Mas entrando y saliendo de La Moncloa con cara de normalidad, tras aquel encuentro de hace casi exactamente un año en el que, ahora lo sabemos, las relaciones quedaron prácticamente rotas. Y eso, simplemente, no puede ser, no puede seguir siendo así.

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