Siete días trepidantes – Cuando un ex ministro eclipsa a su presidente.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Nunca se sabrá, supongo, quién aconsejó a Mariano Rajoy aprovechar el mismo día de la presentación de los Presupuestos «anticipados» y de la rueda de prensa del fin de curso para «colar», un tanto por la puerta de atrás, el nombramiento del ex ministro de Educación, José Ignacio Wert, como embajador ante la OCDE, en París, donde ya reside su (de Wert) ex secretaria de Estado y actual esposa, Montserrat Gomendio, alto cargo en la misma organización supraeconómica y supranacional. El caso es que Rajoy salió el viernes al salón de tapices de La Moncloa para hablar de la no tan nueva, pero sí buena, marcha económica y de unos presupuestos en los que el gasto social va a tener una clara prioridad… Y al día siguiente los titulares de muchos periódicos, las redes sociales, las tertulias radiofónicas, relegaban la comparecencia presidencial, en la que nada se informó sobre el «asunto Wert», para primar en titulares este nombramiento, criticado casi abiertamente incluso por los propios miembros del Gobierno y altos cargos del Partido Popular.
Conozco bien a Wert, con quien compartí años estudiantiles en la Facultad, y conozco su mucha capacidad y variadas capacidades; esto no quiere ser, por tanto, un ataque «ad personam», pero sé de poca gente menos dotada para la diplomacia que Wert, como quedó ampliamente demostrado en su trayecto por el Ministerio de Educación. La verdad es que, salvo este episodio, que se enmarca en muy viejas formas de ejercer la gobernación, incluso por el aprovechamiento del calendario vacacional para restar trascendencia a una noticia criticable, la comparecencia de Rajoy, que da paso ya a dos acontecimientos de primer orden, como las elecciones catalanas y las elecciones generales, fue correcta, simplemente correcta, y pertinente, porque siempre lo es una aparición informativa del presidente del Gobierno, especialmente de «este» presidente, tan poco dado a dicharacherías con periodistas.
Lo que ocurre es que el presidente no tranquilizó, creo, a la ciudadanía. Sobre todo, en lo referente al reto catalán cuando falta poco más de un mes para la Diada y cuando, este lunes, el molt honorable president de la Generalitat dará otro paso hacia su suicidio, el irreversible de convocar las elecciones «plebiscitarias» -claro que no lo anunciará así-, abriendo una sima en el Estado, es decir, en el conjunto de España. Decir desde La Moncloa, con tono enérgico, que «Cataluña no será independiente» porque se pondrán en funcionamiento los mecanismos del Estado de Derecho, era, una vez más, inevitable. Silenciar cómo se hará eso puede ser un punto de estrategia, pero, como digo, no disipa las aprensiones cada día más presentes en el ánimo ciudadano, quebrado sin duda pese a los anuncios de mejoras económicas, que sin duda -vea usted las colas de coches huyendo hacia las playas_ las hay.
Pienso que, si existen asesores de comunicación tras el presidente -a veces parece que no, pero tiene un equipo mucho más competente de lo que se dice-, deberían esforzarse por generarle titulares «de futuro» y en positivo, que vayan más allá de los manidos gráficos de lo ya conseguido en la Legislatura. La comparecencia del viernes en Moncloa pareció más un mítin preelectoral que el rendimiento de cuentas y de proyectos de un jefe de Gobierno. Por eso digo que su comparecencia, siempre aguardada con la expectación de lo inusual, fue «simplemente correcta». Esa noche, un contertulio radofónico que seguramente conoce a Rajoy mejor que yo, me advirtió, ante mis críticas: «A Rajoy ya no se le puede cambiar». De ahí, quizá, que se hayan recrudecido los ataques personales contra él de la oposición, comenzando por Sánchez, Rivera o Garzón, para no hablar de los nacionalistas y secesionistas catalanes, y de otros sectores a los que no podría calificarse como oposición.
No me atreveré yo a decir que Rajoy está amortizado, porque tiene, qué remedio, que pelear esta última batalla de diciembre; pero sí digo que no puede salir al atril de La Moncloa para actuar como si aquí no pasara nada -y mira que han pasado cosas, aunque solamente se midan en el último año y medio_ y, luego, colar de matute, como si fuera un inmigrante en el paso de Calais, un embajador político, y menudo embajador político, y, por si fuera poco, otra embajadora, para la Unesco, no menos política, casada con un muy alto cargo de La Moncloa. A eso es a lo que yo llamo viejas formas de ejercer la gobernación en un país moderno, con ansias de cambios y de Cambio, como lo es esta España, una gran nación, digan lo que digan, a la que Rajoy también ha contribuido, cómo no, a prestigiar.
fjauregui@diariocritico.com

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