La semana política que empieza – El almuédano Mas llama a la guerra no tan santa.


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Aseguran algunas fuentes en Barcelona que hay sondeos en poder de la Generalitat que garantizarían una victoria suficiente del «junts pel sí» como para que esta heterogénea lista pudiese gobernar. Lo cual provoca pesadillas en La Moncloa, en Ferraz, en La Zarzuela y en todos los puntos sensibles de la nación, para no citar algunas cancillerías europeas, muy señaladamente la francesa y la alemana. Cuando este lunes y con un decreto impecablemente legal en las formas, el molt honorable president de la Generalitat, Artur Mas, convoque «sus» elecciones autonómicas para el próximo 27 de septiembre, un apenas perceptible terremoto va a sacudir la política de toda España, y no solamente la catalana. Porque, hasta hace menos de un mes, Mariano Rajoy aún no estaba convencido de que las elecciones «plebiscitarias» -Mas no las anunciará así, obviamente- fuesen a tener lugar. Y el propio president de la Generalitat tuvo sus momentos de duda antes de que su «socio» de Esquerra, Oriol Junqueras, le diese el «sí» a la lista unitaria, encabezada, como dijo Rajoy el viernes, «por un comunista» e hilvanada por la centroderechista Convergencia.
Así que las elecciones no se celebran en un ámbito de ideología izquierda-derecha -de derecha son más bien algunos de los líderes de las llamadas «plataformas civiles», y de izquierdas es, obviamente, ERC-, sino en el de la dicotomía independencia sí-independencia no. Con participación de cantantes, entrenadores de fútbol, monjas, con un karateka al frente de la lista independentista de Mas/Junqueras y un ex baloncestista, que destacó como alcalde próximo a la xenofobia, en la lista opuesta, del PP. La sociedad catalana está, me comenta un amigo barcelonés que se apartó hace años de la primera fila de la política, «perpleja, sedada, ciega, resignada, dispuesta a tirarse al abismo… Todo eso, así que cualquier desgracia puede pasar».
Lo peor para los intereses del Estado es que las candidaturas no independentistas acuden fraccionadas, acusándose mutuamente, en lugar de iniciar una plataforma común, tan transversal como la que encabeza el tal Romeva, que garantice a los catalanes que no quieren separarse de España que su voto va bien encaminado. Pero que lo primero que haya hecho el «popular» García Albiol haya sido atacar a Ciudadanos parece de aurora boreal: ¿quién se cree el PP que va a apoyarle ante las ya cercanas elecciones generales, si no es Ciudadanos, pese a las feroces críticas que su líder, Albert Rivera, dirige a Rajoy?

Así que las elecciones catalanas están a punto de convertirse no solamente en plebiscitarias «de hecho» -¿cómo se va a evitar eso?-, sino en una suerte de primarias para Rajoy, Sánchez, Rivera y Pablo Iglesias. Excepto el líder de Ciudadanos, que es catalán y ha velado sus primeras armas políticas en Cataluña, los demás no tienen demasiado peso en esta Comunidad. Ni, parece, demasiadas ideas para solucionar el embrollo en el que nos ha metido a todos Artur Mas, en primer lugar, pero en una coyuntura que fueron tejiendo Zapatero y sus tripartitos -traicionando las promesas que ZP le hizo a Mas_ y, luego, el propio Partido Popular, con su recurso contra el Estatut y con la inactividad de Rajoy, que desde hace un año no se ha encontrado a solas con Mas para tratar de negociar, hablar, «algo».
Supongo que la solución -si es que todavía la hay- pasa por una autocrítica inicial a lo que se hizo mal, pero ¿dónde está la autocrítica en este país nuestro, en el que todo consiste -véase la rueda de prensa de Rajoy el viernes_ en culpar todo el tiempo de todo a todos los demás y asegurar que todo lo que hacen los propios es lo correcto? Después, segundo paso, la promesa de reformas: ahí está ese plan de PSOE y PP, tardío y tantas veces repetido en el pasado, de cambiar algo en esa Cámara inoperante y absurda que es el Senado. Pero mucho me temo que Artur Mas, enfilado hacia el abismo, hacia el martirologio, retrocediendo a toda vela hacia 1934, ya no está para reformas en la Cámara Alta; intentará formar un Govern más multicolor que el tour de Francia, de imposible control, y hará un llamamiento a la independencia cual muezzin fanatizado en su solitario minarete.
Ese, confío, será el momento de empezar a negociar, pero me parece que no será Rajoy quien pueda hacerlo. Ni, quizá, el propio Mas; ya veremos quiénes son los interlocutores. Y ahí, en esa negociación, intervendrán desde razonamientos económicos -Cataluña necesita a España, y, aunque menos, España a Cataluña_ hasta amenazas latentes de dossieres, que Cataluña ya se sabe que es tierra pródiga en secretos vergonzantes para la clase política. Pasando, claro, por algunas cesiones desde el Estado: ¿cómo diablos se le ocurre a Rajoy presumir de «no haber cedido nada» a las pretensiones de Cataluña? ¿Es que acaso toda negociación no implica alguna suerte de cesión mutua?

Y luego, naturalmente, están las amenazas de otro tipo: las políticas. Rajoy no quiere ni dejar que alguien se imagine que está dispuesto a utilizar el artículo 155 de la Constitución: en su comparecencia del viernes ante los medios, solamente citó ese artículo por equivocación, al confundirlo con el reformado 135, que se refiere al techo de déficit. Claro que Freud podría sacar muchas conclusiones del «lapsus»…
Lo que en ningún momento he oído barajar en ámbitos del Gobierno -sí en la vaga propuesta federalizante del PSOE_ es una reestructuración a fondo de la articulación territorial del Estado. Porque casi nadie discute que el Estado de las Autonomías, tal como está, ya no funciona. Habrá tiempo, aunque poco, tras el 27-S, de lanzar propuestas concretas en los programas electorales. Pero lo peor es que el hombre que mayor poder político tiene en España sigue actuando como si estuviésemos en una situación de normalidad constitucional y legal. Y que quien ejerce el liderazgo de la oposición siga negándose a cualquier tipo de acuerdo con el PP: grave error, cuando de esta solo se saldría con un amplio acuerdo entre todos los partidos del arco nacional. Porque, como lo van a demostrar los acontecimientos en las próximas siete semanas y media, estamos bastante lejos de esa pacífica coyuntura que el presidente del Gobierno central, sin duda pensando que es lo mejor, nos quiere transmitir.
fjauregui@diariocritico.com

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