No te va a gustar – Reformar, renovar, regenerar… España.

No te va a gustar - Reformar, renovar, regenerar... España.


MADRID, 3 (OTR/PRESS)

«Ahora, a partir de este lunes, toca negociar el futuro, si es que hay interlocutores para negociar». Me lo dijo, en conversación informal, este fin de semana uno de los políticos catalanes a los que considero más sensatos, en la órbita, pienso, del dirigente de Unió, Duran i Lleida. Hay días en la Historia de los pueblos en los que el cronista se ve forzado a emplear palabras de calibre algo más grueso. Cada cual, en estos tiempos, cincela esas palabras a su antojo. Y, así, se ha hablado de «regenerar», «renovar», «reformar» y hasta de «refundar» España. Este lunes, cuando el president de la Generalitat dio paso formalmente a unas elecciones que tendrán lugar dentro de poco más de siete semanas, ignoro cuál de estos términos es el más adecuado para pensar en el futuro de esta gran nación que nos alberga a todos, catalanes incluidos. Lo que sí sé es que da la impresión de que solamente en el secesionismo de Cataluña se trabaja a tiempo completo por lograr sus fines; en el campo que podíamos llamar -más o menos- constitucional se habla mucho de reformas, de cambios, de evoluciones, pero poco, muy poco, de soluciones al alcance de la mano.
Hay que reconocer que solamente Albert Rivera, el líder de Ciudadanos, avanza un poco más que los demás en las tinieblas del futuro. Habla de un acuerdo posible de Ciudadanos con el Partido Popular y con el PSOE, sabedor, como todos, de que nadie podrá gobernar España nuevamente en solitario, que habrá que hacerlo en clave de moderación -Podemos tratará de girar hacia ese concepto, pero ¿convencerá?_ y con un horizonte profundo de reformas y talante negociador en la mochila. El propio Rivera, que a mí me parece que desde hace tiempo mira de reojo al secretario general socialista Pedro Sánchez, añade que ve muy difícil que sea Mariano Rajoy quien lidere ese proceso, esa nueva etapa que viene imparable, aunque el presidente del Gobierno central esté lejos de admitir la llegada de esa nueva era, según demostró en su comparecencia ante los medios el pasado viernes.
Porque así está la cosa: Rajoy ha mostrado, con Mas, un escaso talante negociador. Pero no caeré en el sectarismo de culpar sobre todo al presidente del Gobierno central de los dislates, disparates y rabietas que animan la conducta del president de la Generalitat, que yo creo que adivina su mal futuro. Sí es cierto, sin embargo, que Mariano Rajoy es el único de los líderes nacionales -y, además, el más poderoso- que no apuesta por cambios profundos, aun sabiendo que tendrá que tragar ese sapo si piensa tener éxito en las elecciones generales que convocará para, se supone, diciembre. Y, además, si se quiere evitar el choque frontal de trenes y el regreso a 1934, todos tendrán que negociar con la «lista de Mas» tras las elecciones catalanas de septiembre, que serán, de un modo u otro, algo -algo_ plebiscitarias.
Más allá de las propuestas, algo vagas, de Rivera, me resulta incomprensible la actitud de las fuerzas políticas no independentistas frente al secesionismo de Mas y «su» lista. Razones partidistas y falsamente ideológicas -¿es esto acaso una cuestión de «izquierdas» frente a «derechas», cuando el conservador Mas ha colocado a «un comunista», dijo Rajoy, al frente de su candidatura?_ jalonan la división de los «constitucionalistas», situacionistas», «no tan constitucionalistas pero en fin», conservadores a ultranza, neoanarquistas… Con esta tropa de Pancho Villa, ¿se podrá ganar a la alternativa clara, única, que plantean Mas y su socio Junqueras, aunque todo el mundo sepa que la victoria de Junts pel Sí (incluso la denominación de la lista es plebiscitaria) va a redundar en una catástrofe para Cataluña?

Por lo demás, he podido comprobar hasta qué punto mis interlocutores catalanes, que han sido bastantes y de variada procedencia profesional, están confusos ante la consulta que les viene. Muchos, que se sienten radicalmente antiindependentistas, culpan al «inmovilismo de Madrid» y a las «traiciones de Zapatero» de la situación. Pero ya digo que el principal foco de responsabilidad ha de colocarse en el empecinamiento de Mas. Y en una Cataluña en la que buena parte de la clase política ha mostrado estar corrompida hasta el tuétano, que se siente engañada por el Estado central, aunque no se especifique muy bien por qué y con la que, desde luego, ha faltado tacto, diálogo y hasta firmeza. Porque lo más grave de todo es que los gobernantes catalanes -¡incluso el socialista Montilla lo hizo en su desastroso paso por la presidencia de la Generalitat!_ se han saltado limpiamente las barreras legales y constitucionales.
Pues eso: que, para negociar el futuro, hace falta empezar a cambiar el presente. Como decía Einstein, si se quieren cambiar las cosas, no se puede hacer lo mismo que hasta ahora se venía haciendo. Y los cambios concretos que se avizoran -un pequeño pacto para reformar el insostenible Senado_ no bastarán para detener la sangría catalana, aunque quizá abran las puertas a una reforma constitucional más seria. Hoy no es día para mirar a Artur Mas, que ya sabemos lo que da de sí: estoy ansioso por conocer en profundidad qué tienen que decir Rajoy -aunque el viernes ya pudimos oírle: no mucho-, Pedro Sánchez -que mantiene su error de «no pactar con el PP», en lugar de decir que no pactará con Rajoy-, Albert Rivera -que tiene que afinar sus propuestas, porque será el árbitro de la situación futura_ y Pablo Iglesias, que a mí me parece que anda sumido en un proceso de «transformación a la fuerza» respecto de sus propuestas iniciales. ¿Evolución o ruptura? Estamos como en 1976, ante la primera transición. Si no sabemos evolucionar bien, quizá nos tengamos que enfrentar dentro de no mucho a la ruptura.
fjauregui@diariocritico.com

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