Francisco Muro de Iscar – Una democracia mediocre


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Un inteligente abogado, José María Ruiz Soroa, cita a Aristóteles para definir la democracia como «un régimen mediocre», pero no por defecto o porque lo sea ocasionalmente, en un tiempo o en una circunstancia, sino porque es el reflejo del mundo en que vivimos. En la Grecia antigua de alguna forma se excluía tanto al que era insolidario y sólo pensaba en su exclusivo beneficio como al que se creía ungido por los dioses para salvar a la ciudad, los salvapatrias. El término medio era la mediocridad, anteponer lo necesario a lo excelente para el bien de todos. Pero el propio Aristóteles también dijo que el factor esencial de la democracia es la voluntad de ejercer el poder político. Lo cual no quiere decir, necesariamente, que los mediocres no puedan aspirar a ejercer el poder. Es más, estamos en ello.
La nuestra es una democracia mediocre, carente de ideas y de ideólogos, de pensadores, de filósofos capaces de ofrecer soluciones a los problemas a los que se enfrenta. Es cierto, como escribía también hace poco Ignacio Martínez de Pisón, que «el Derecho constituye las reglas de juego de nuestra convivencia* y estudiar una civilización consiste en preguntarse por lo que en ella se permite, se obliga y se prohíbe. De hecho, la propia idea de civilización no puede concebirse al margen de la norma». El riesgo es doble: no acatar las normas y no tener capacidad o fuerza -votos- para cambiarlas, y eso nos lleva en ocasiones a un callejón sin salida, salvo que haya alguien que proponga una idea brillante y equilibrada y un debate sosegado y riguroso. Eso es lo que nos falta hoy.
Pero, siguiendo la lógica aristoteliana, hoy nuestra democracia es más mediocre tal vez que nunca porque los partidos políticos y sus dirigentes son mediocres; la educación es mediocre hasta límites dramáticos; la Justicia es mediocre, incluso cuando muchos de sus jueces no lo son; y el periodismo, «el cuarto poder», es mediocre, entre otras cosas porque no es independiente y está más en la anécdota que en la información. Seguramente, en todos los casos, porque la sociedad, los que la constituimos, somos mediocres.
Las sociedades se mantienen, posiblemente por los mediocres, pero no avanzan, sobre todo en tiempos de crisis, de cambio, de revolución, si no es por los que buscan la excelencia, por los idealistas, por los son capaces de ir un paso más allá. Pero la sociedad actual nos educa para ser mediocres, para pensar lo justo, para consumir siguiendo las pautas que nos marcan, para seguir la moda, para obedecer disciplinadamente, para ser masa. La mediocridad se ha instalado entre nosotros. Y los que mandan, igual de mediocres, están encantados de que así sea. Es más, incitan a los ciudadanos a la mediocridad porque de esa manera es más fácil gobernarlos. Estoy radicalmente en contra de los superhéroes o de los salvadores de la patria. Tanto como del pensamiento único. Sólo la libertad y la búsqueda de la excelencia pueden acabar con la mediocridad. Casi siempre la clave del problema está en la educación. Y la solución.

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