Fernando Jáuregui – El futuro de Pedro Sánchez: ¿gloria o abismo?


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

El secretario general del Partido Socialista, Pedro Sánchez, está, a menos de un año y medio de haber sido elegido como máximo dirigente del PSOE, abocado a la gloria o al abismo. Y hay que reconocer que los últimos días le sitúan más cerca de lo segundo que de lo primero. La irrupción de encuestas que sitúan en segundo lugar en la preferencia de los electores a Ciudadanos, tras el PP, ha acabado, me dicen, de desatar los nervios en el «cuartel general» socialista, en la calle Ferraz, y en las «baronías» autonómicas controladas por el PSOE.
Que Pedro Sánchez cometió un tremendo error al fichar a la ex UPyD Irene Lozano nada menos que como número cuatro en la candidatura socialista de Madrid es algo que ni los portavoces de la andaluza Susana Díaz, ni los del asturiano Javier Fernández, ni los del castellano-manchego Emiliano García-Page, ni los del extremeño Fernández Vara, ni los del valenciano Puig, por citar solamente a los más destacados, se molestan ya en ocultar.
Que Sánchez ocupó un papel secundario al ser recibido esta semana en La Moncloa por un Rajoy triunfante en su papel de conciliador de voluntades antisecesionistas es algo que también ha resultado clamorosamente patente: hasta la presidenta de Andalucía «madrugó» a su correligionario haciendo unas declaraciones que «su» secretario general debería haber efectuado a la salida del palacio presidencial. Como hicieron este viernes, por cierto, Albert Rivera, que se apresuró a ofrecerse para formar un frente de «unidad nacional» contra el separatismo, e incluso Pablo Iglesias, a quien Rajoy tuvo, sopesando presiones internas en contra, el acierto de recibir en La Moncloa. Grave error de comunicación y de transparencia del mandatario socialista, pienso que mal asesorado en este terreno de la imagen personal, como mal asesorado parecía estar, hasta ahora, el propio Rajoy.
Reconozco que tengo una gran simpatía personal por Sánchez, que me parecía, y me parece, un elemento de renovación en el secarral político que era España hasta hace unos meses. Y un interlocutor mucho más idóneo que Rajoy para encauzar el desastre que, entre todos –muy especialmente Mas y su entorno, por supuesto–, hemos fabricado en Cataluña. Pero tiene en su haber las que a mi juicio son demasiadas equivocaciones, comenzando por esa tajante afirmación de que jamás pactaría con el PP; mira que si la situación, Dios lo quisiera, se orienta hacia un Gobierno de gran coalición populares-socialistas.
Han sido muchos los socialistas relevantes que, en conversaciones distendidas, me han reconocido que el futuro político de Sánchez no valdrá nada si no consigue, de una forma u otra, auparse al Gobierno de la nación, aunque sea viajando en un vagón secundario. Y, desde luego, es unánime la creencia de que Pedro Sánchez no sobreviviría ni siquiera a la noche electoral si el «sorpasso» de Ciudadanos sobre el PSOE se convirtiese en una realidad que, francamente, hoy por hoy a mí no deja de resultarme posible, porque Rivera es la moda, pero no probable.
He afirmado en más de una ocasión que sí veía a Sánchez como presidente del Gobierno, con un Rajoy hundido y un Rivera más dispuesto –indican las señales de humo, poco consistentes, es verdad– a pactar poselectoralmente con los socialistas que con los «populares». Pero ahora la veleta ha girado algo, y he afirmado en algunas tertulias radiofónicas y televisivas que, con su actuación en los últimos días, dialogante con los constitucionalistas, firme con los independentistas que se sitúan al borde de la legalidad, Rajoy ha dado un paso importante hacia la reelección.
Que no es, por lo demás, lo más importante en esta coyuntura, en la que lo urgente ya no es saber quién ocupará el sillón de La Moncloa, sino quién, y cómo, solucionará el embrollo en el que un mesiánico, varios fanáticos y unos cuantos antisistema han metido a los catalanes y, de paso, al resto de los españoles. Así que la pregunta ante el 21-D sigue siendo la misma, aunque con la nómina algo incrementada: ¿Rajoy? ¿Sánchez? ¿O Rivera?

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