Fernando Jáuregui – Manifiesto por un tripartito


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Cualquier interpretación no sectaria y sensata de las encuestas que nos abruman nos indica que hay que buscar nuevas salidas para desbloquear la situación política que se vive en España, de la que, no lo olvidemos, Cataluña es parte sustancial. Lo recalco así porque a veces da la impresión de que, inmersos como están en la contienda electoral de la que dependen sus futuros político-profesional-económicos, los rectores de nuestros partidos olvidan a veces la parte central de los problemas para centrarse en lo accesorio, ganar o no ganar en votos/escaños al rival más próximo, o al emergente. Y, tal y como yo lo entiendo, y viendo esa situación peculiar que arrojan los sondeos, y que tal vez -tal vez- se corresponda con la realidad post-20D, me parece que ahora ya ni siquiera es lo más importante comprobar quién gana estas elecciones, sino qué se va a hacer a continuación con el país.
Sí, titulo algo ambiciosamente este comentario, tras un largo encuentro con varios políticos y representantes de instituciones, «manifiesto por un tripartito». He comprobado hasta la saciedad las esperanzas que suscita, no solo entre nuestros políticos de los segundos escalones, sino entre profesionales de muy diversa índole a los que puede considerarse parte activa de la endeble sociedad civil española, la posibilidad de un pacto a gran escala entre las dos o tres fuerzas principales consolidadas tras los comicios de diciembre. Un pacto que trascienda el acuerdo «para la foto» que se hicieron ante el Tribunal Constitucional los representantes de las tres principales fuerzas catalanas afectas al constitucionalismo y, por tanto, contrarias al separatismo que este lunes se enseñoreará, ilegalmente, del Parlament. Ese acuerdo no puede, no debe, limitarse al ámbito de Cataluña, porque la solución al desafío planteado por Junts pel Sí y la CUP no puede ni debe solucionarse exclusivamente en el espacio territorial y político catalán. Hay manos, ideas y soluciones que deben llegar «de Madrid» y del resto de España.
Según se aproxima la fecha de las elecciones más decisivas que haya vivido España acaso desde aquellas de octubre de 1982, que dieron el poder a Felipe González y al PSOE, eliminando definitivamente los rastros de cuarenta años de franquismo, compruebo que el ansia ciudadana por soluciones pactadas, de futuro, se incrementa. En este contexto, y si PP, PSOE y Ciudadanos llegasen por ventura a un pacto para la gran reforma que, en dos años de Legislatura abreviada, necesita España, ¿importaría realmente mucho, excepto a ellos mismos, que el inquilino de La Moncloa fuese Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o Albert Rivera? Ya sé que me dirá usted que estoy trabajando sobre la utopía: ¿cómo diablos van a llegar nuestras fuerzas políticas a un pacto semejante, haciendo renuncia de personalismos, protagonismos estériles y a esas peleas de sal gorda que son el picante de la vida política española?

Tengo la impresión de que la desafección (lo dice la última encuesta del CIS) de los españoles por la política se deriva precisamente de esta escasa altura que caracteriza el vuelo de nuestros representantes en la cosa pública, eternos equilibristas de los sondeos y que no se atreven, contra lo que muchas veces dicen en privado, a proponer soluciones de largo alcance para los problemas que se han enquistado, algunos desde hace demasiado tiempo, y pienso, por ejemplo, claro está, en Cataluña. Y no solamente en Cataluña.
Hay, desde luego, remedios para paliar la catástrofe política y el choque de trenes inminente originados no solo por la desgraciada política de la Generalitat, sino por tantos errores del pasado e inacciones del presente por parte de sucesivos gobiernos centrales. Claro que pienso en una reforma constitucional y en un referéndum controlado y bien planificado para ganarlo en contra de la secesión. Por supuesto que me refiero también a ese diálogo que algunos, en Barcelona y en Madrid, se empeñan en denostar (¡!) para dar paso a los «halcones».
Pero no sé si ya los actuales interlocutores sirven para tal diálogo: tengo la esperanza, lo digo frontalmente, de que Artur Mas no sea reelegido, porque cualquier otro, desde Romeva hasta el mismísimo Junqueras, sería más capaz de contactar positivamente «con el otro lado» que él. De la misma manera que confío en que las bondades taumatúrgicas de un gran pacto en torno a un programa regeneracionista palíen las carencias de los representantes del lado «de acá»; Rajoy está excesivamente desgastado en su política catalana, Rivera muestra un antinacionalismo quizá excesivo para lo que pide la fluidez de la coyuntura y Pedro Sánchez, pese a proponer soluciones más o menos convincentes -el federalismo no lo es–, se muestra demasiado errático a veces. Quizá las carencias de cada uno de los tres se compensen con las virtudes de los otros, que sin duda las tienen. Y es el momento del pragmatismo, no de las cocinas demoscópicas; es la hora de la verdad, no de la demagogia mitinera. Por eso (ya sé, desde la utopía, que es una utopía de muchos), este manifiesto por el tripartito. O como se le quiera llamar, que tampoco es cuestión de andarnos ahora con disquisiciones semánticas.

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