Siete días trepidantes – Y el premio Nelson Mandela es para…


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Vienen gentes sin demasiado pedigrí político que, sin embargo, están protagonizando la actualidad. Y, lo que es más, van a decidir buena parte de nuestros destinos. Hace, pongamos, un año, dos a lo sumo, eran muy pocos quienes sabían quién era Carme Forcadell. Sus excompañeros de la delegación catalana de RTVE la recuerdan como una chica con apariencia normal, enormemente ambiciosa y con gran ego. Claro que, ante la política que se hace en este país nuestro (hablo de Cataluña y del resto, claro), o tienes un ego que te lo pisas, y asciendes a golpe de tele y de arrojo, o te quedas en la cuneta.
Pues bien, resulta que Forcadell, ex presidenta de una organización presuntamente de la sociedad civil, en realidad partido político camuflado de otra cosa, y presidenta increíble del Legislativo catalán, está ahora en todos los titulares, porque el Gobierno central, en uno de sus arranques geniales, acaba de hacer de ella una nueva Nelson Mandela a la catalana, al responsabilizarla la vicepresidenta Sáenz de Santamaría el pasado viernes de cuanto vaya a ocurrir y no ocurrir el próximo lunes en el Parlament, que está a punto de declarar una curiosa modalidad jurídico-política, el anuncio del cercano anuncio de la independencia y la ya no lejana creación de la República de Catalunya.
Claro que eso, la creación de la República de Catalunya, ni va a ocurrir ni puede que ocurra. A lo más que llegaremos es a que el Tribunal Constitucional, cuya autoridad ni Forcadell, ni su jefe «de facto» Mas, ni su otro jefe Junqueras, reconocen, suspenda primero y anule después este anuncio del futuro anuncio de la independencia.
Eso de la independencia es algo que ni los empresarios, ni la Unión Europea, ni algo más de la mitad de los catalanes, ni ellos mismos, los que se dicen independentistas, ni los botiguers, ni la censura, como en la canción del hoy maldito por los secesionistas Serrat, lo podrían permitir. Ni las Fuerzas Armadas, claro, aunque, mire usted por dónde, lo que más ha evolucionado en España en estos últimos cuarenta años de camino hacia una democracia envidiable –aún no la hemos conseguido– han sido nuestros ejércitos. A nadie hoy, excepto a unos cuantos chiflados o malvados, se le ocurre invocar en paralelo el proceso catalán y una posible actuación en el mismo de nuestros magníficos uniformados, gentes intelectualmente muy bien amuebladas, con altura de miras y prudencia que ya quisieran para sí otros colectivos.
Y ahí está, para demostrarlo, el caso del general –ya le quieren exgeneral– Julio Rodríguez, que fue un muy buen jefe del Estado Mayor de la Defensa, que se proclama republicano, allá él, y al que los buscadores de dossiers tratan de entrarle lacras en su buena trayectoria: ahí es nada, se ha atrevido a aceptar una candidatura de Podemos por Zaragoza, sede y cuna de la Academia militar.
Es otro personaje que, como le ocurría a la jueza que ocupa la alcaldía de Madrid, a quien quienes la conocíamos dábamos por jubilada, no contaba en nuestras agendas políticas hace un año, o un mes, y que de pronto ha irrumpido, como Forcadell, o como Ada Colau, sin ánimo de comparar unas cosas con otras, en nuestras vidas. Así que el Gobierno, en otro arranque de genialidad, decidió en el último Consejo de Ministros separarle con deshonor de la carrera militar, algo que el propio Rodríguez había solicitado dos o tres semanas antes para «meterse en política».
Hala, otro candidato firme al premio Nelson Mandela, al que también aspiran, solo faltaría, Artur Mas o Arnaldo Otegui, que esa es otra, entre una larga nómina. Ya digo, sin tratar de equiparar los méritos o deméritos de unos y otros: se trata solamente de elaborar la lista de quienes, merced a torpezas oficiales, oficiosas o simplemente mediáticas, acabarán presentándose, por mor de los votos presentes o futuros, como víctimas del sistema.
Porque ese, el victimismo de muchos que tratan de arrimar a su sardina el ascua de las desmesuras que presuntamente el poder hace con ellos, es un factor muy presente en esta campaña electoral. Fíjese usted que no he tenido un solo interlocutor partidario que no me haya comentado que, a su entender, y quizá al de sus jefes, los resultados de la encuesta del CIS presentada a los españoles hace cuatro días estaban más cocinados que un plato de Ferrán Adriá.
Cocinados, por supuesto, en contra de todos y cada uno de mis interlocutores y a favor del adversario. Y yo, claro, no me atreví a contradecirlos: primero, porque estamos ya de hecho en campaña –bueno, llevamos meses, años, en campaña–; segundo, porque sé que el victimismo es un elemento motor de la humanidad, y piense usted, sin ir más lejos, en el por otra parte heroico ejemplo, que aquí traigo hoy a colación, de quien de la cárcel pasó a presidir Sudáfrica. Y tercero, porque quizá mis múltiples interlocutores de esta semana agitada tenían razón: cocina, justificada o no, hubo; hasta se cocinó omitiendo ingredientes como preguntar acerca de si Albert Rivera o Pablo Iglesias son más o menos populares que Rajoy o Pedro Sánchez, que, sin embargo, son ahora la sal de todas las hipótesis de futuro.
Así que ardua tarea tendría, de haber existido, un jurado que entregase un aún no nacido premio Nelson Mandela. Y es que aquí, con estas gentes que pueblan nuestros pagos políticos, hay mucho mandelismo y muchos fabricantes de Mandelas involuntarios, que alegan cosas como la defensa del Estado o la-ley-por-encima-de-todo para entrar en el campo de la realidad como un elefante en una cacharrería.

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