Al margen – Contre nous de la tyrannie


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

La federación inglesa de fútbol y la prensa de Londres animan al público que acudirá al partido Inglaterra-Francia a aprenderse la letra de La Marsellesa, a fin de que el himno republicano, la marcha de la libertad, el cantable de la resistencia contra el terror, resuene en el mundo: «Contra nosotros la tiranía / alza su sangriento pendón». Los futbolistas de la selección española, y los de la belga, y los aficionados que a la misma hora asistan en Bélgica al encuentro entre ambas, también deberían aprendérsela y cantarla a coro, con ese estremecedor desafine de los cánticos entonados por las multitudes. Cantar. Otra cosa, de momento, no nos queda a los paisanos frente a la tiranía. Como a los clientes del bar de Rick ante los nazis de Casablanca, como a los espectadores que evacuaban el pasado viernes el estadio de Saint Dennis.
«Contre nous de la Tyrannie / l»etendard sanglant est levé». La tiranía. Las tiranías. La del terror. La de la guerra. Dios, si lo hay, si existe en los términos de bondad, justicia y misericordia en que lo hemos inventado, nada tiene que ver con ella, más allá de haber creado también a las anómalas criaturas que la implantan desde los despachos o desde las ardentías de arena. Los malos, los peores, siempre buscan, siempre buscaron, el refrendo de Dios, su marchamo supremo, para justificar sus crímenes o sus tiranías sanguinarias. Nada que ver, pues, con la religión, que es cultura y aliento íntimo de unirse a los demás, o no es. En las matanzas yihadistas de Madrid, Londres, Ankara, Beirut o París no hay atisbo de religión ninguna, y sí, mezclado en inmundo tósigo, ignorancia, exclusión social, fanatismo ideológico, problemas psiquiátricos y de identidad, suburbios, miseria, desarraigo, dinero y restos latentes de tantas guerras provocadas por la codicia colonial.
Contra nosotros, las tiranías. Cuando no una, otra, y cuando no, todas juntas y revueltas alzando su sangriento pendón. Procuremos, en todo caso, que siempre nos quede París y el eco entrañablemente desafinado, en sus barrios, en sus plazas y en sus avenidas, de la canción de la libertad.

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