Fernando Jáuregui – Las estrellas de la campaña son las de las teles


MADRID, 23, (OTR/PRESS)

Las campañas electorales, se sabe de siempre, se centran en las televisiones. En ningún momento adquieren mayor protagonismo e influencia las teles –ni siquiera cuando los partidos de futbol; ahora, los políticos van a los programas deportivos radiofónicos– que cuando acogen a candidatos y debates, o cuando emiten «especiales» electorales.
No es cierto que la política no interese a los ciudadanos: recuerde usted, por ejemplo, el «share» cosechado por aquel legendario debate moderado por Jordi Evole entre Albert Rivera y Pablo Iglesias; marcó un antes y un después en lo referente a lo que deberían ser esas confrontaciones de ideas ante las cámaras. Los candidatos han aprendido que, sin teles, no hay posibilidades de victoria, y han intentado imponer ellos las reglas: quiénes, cómo y de qué hay que debatir, cómo han de retransmitirse los mítines de campaña -siempre edulcorados, jamás se muestran las sillas de los asistentes vacías, siempre hay niños a los que besar, jamás protesta nadie–. Han impuesto una manera de transmitir la información política, han creado una falsa deontología de la comunicación preelectoral.
Pero ahora eso ya no basta. Las teles y las radios se han llenado de «estrellas» que no se dejan acomplejar por esas exigencias de los partidos. Ahora, los verdaderos amos de las campañas se llaman, y cito a algunos sin ánimo de exhaustividad ni de selectividad sectaria, Bertín Osborne -palabra de honor–, María Teresa Campos, Ana Rosa Quintana, Gran Wyoming, Ana Pastor, Carlos Herrera, Ana Blanco y algunos otros más, no muchos más. Escuché esta mañana una entrevista radiofónica a un sedicente independentista catalán en la que quien de verdad hablaba, interpelaba y refutaba, era el muy destacado periodista preguntador. Conste que no lo critico: es una tendencia que va a más, como contraposición y quizá venganza frente al mal trato prepotente que usualmente, cuando no están en campaña, dan los políticos a los informadores. Ahora, coyunturalmente, las tornas cambian. Y ¡ay si un político tiene la desgracia de caer mal a una cadena o al presentador de uno de esos espacios! Confieso que, en el fondo, a veces siento un íntimo y oculto regocijo, aunque bien sé que tampoco somos nosotros, los mediadores ante la opinión pública, quienes debemos dictar las normas de este juego.
Creo que, con esto de que los astros ascendentes en política proceden casi siempre de las tertulias periodísticas, se han roto algunos elementos esenciales en lo que debería ser la separación entre la profesión de informar y la profesión de representar a todos los españoles. Y, así, degenerando, hijo, degenerando, que diría el Guerra, nos encontramos -esta España surrealista– con que una presentadora televisiva de programas -nacionales– del corazón, llamada Karmele Marchante, se erige en campeona de la independencia catalana. O que otra presentadora, no menos cardíaca, Carmen Lomana, nos anuncia que se presentará a candidata para el Senado para hacer que desaparezca el Senado. Sálvame, Dios, de tanto despropósito; cuando los políticos van a bailar al Hormiguero es que algo falla en el arte de la danza. Y en el de hacer buenos programas electorales.

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