Fermín Bocos – La investidura de Mas


MADRID, 24 (OTR/PRESS)

Josep Tarradellas, el político al que estos días más de un nacionalista catalán echa de menos, gustaba de recordar que en política se pude hacer todo, todo, menos el ridículo. No podemos saber qué diría aquél gran hombre si viviera y observara las trapacerías de un Artur Mas que en su huida hacia el abismo se ha llevado por delante a su partido (Convergencia), ha liquidado el catalanismo político (ideología pactista a la que Cataluña debe años de estabilidad y progreso) y ha metido a toda una sociedad en una dinámica de confrontación que genera no poca incertidumbre.
La desvergüenza con la que algunos dirigentes de CDC han explicado la voladura del partido haciendo ver como que no saben que tiene todas sus sedes embargadas y al tesorero (Andreu Viloca) imputado y en libertad tras pagar una fianza de 250.000 euros, ahorra todo comentario acerca de la credibilidad que asiste a quienes se presentan como portadores de una idea «renovadora» de la política catalana. Artur Mas y sus colaboradores han renunciado a la dignidad exigible para estar en política aspirando a representar valores compartidos por otros ciudadanos. Sometido a la abrasiva crítica de los dirigentes de la CUP (de quienes espera, pese a todo, la limosna de la investidura), Mas se ha revelado como un político sin escrúpulos capaz de afrontar la mayor de las humillaciones con tal de seguir en el cargo.
Dentro de unos pocos días (el 29 N) está previsto que la CUP, formación antisistema de extrema izquierda, decida en asamblea si apoyan o no la investidura de Artur Mas como presidente de la «Generalitat» -pueden hacerlo mediante el voto afirmativo o a través de la abstención de alguno de sus diputados-. Me inclino a pensar que la investidura saldrá adelante. Baños y sus compañeros juegan a desestabilizar el sistema y han visto en Mas el instrumento idóneo para crear una situación política conflictiva que derive en enfrentamiento abierto con los poderes constitucionales del Estado. Juegan al «cuanto peor, mejor», según la vieja consigna leninista.
Mas, por su parte, comprometido como está a impulsar la Resolución aprobada por el «Parlament» el pasado 9N (suspendida por el Tribunal Constitucional) afronta un horizonte penal clarísimo. A la hora de analizar las consecuencias del estropicio, su responsabilidad es abrumadora. Parafraseando a Espriu, no es lógico que todo un pueblo padezca por causa de los delirios de un político ambicioso y falto de escrúpulos. Un tipo que con tal de seguir en el poder es capaz de pactar con sus más enconados enemigos, no es de fiar.

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