Antonio Casado – Cuatro en línea


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

En vísperas de unas elecciones generales del 20-D al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, le encanta estacionarse en la imagen recobrada de hombre de Estado que lidera el clamor antiyihadista, mirando hacia fuera, y clamor antiseparatista, mirando hacia adentro. Al fin y al cabo es lo que en los textos clásicos de la ciencia política se denomina genéricamente «enemigo exterior» y «enemigo interior».
Se diría, por tanto, que no podía soñar Rajoy con un escenario mejor cuando los ciudadanos se disponen a valorar sus cuatro años al frente del Gobierno. En otras palabras, se las estarían poniendo como a Felipe II, teniendo en cuenta que el principal partido de la oposición, el PSOE también es partido de Estado con legítimas aspiraciones de reconquistar el Palacio de la Moncloa. Por tanto, viene obligado a apoyar la política del Gobierno en su deber de afrontar la doble amenaza.
En esos casos la tendencia del ciudadano, no solo la del principal partido de la oposición que aspira a gobernar, es ponerse al lado del poder. Por eso el lenguaje de Pedro Sánchez se parece al de Rajoy a la hora de pronunciarse contra la locura de los terroristas y la irresponsabilidad del independentismo catalán. De modo que, consciente de que ambos pagan la factura de un bipartidismo convertido en chivo expiatorio del malestar ciudadano, el PSOE necesita tirar de inteligencia e imaginación para diferenciarse del PP en el terreno más favorable: el del cambio prometido por una figura joven que llega a la política con muy poco pasado. O sea, con muy pocas cosas de las que tenga que arrepentirse. Por razón de edad, claro.
En ese punto, en las recientes apariciones públicas de Sánchez, incluido su debate del lunes pasado con Rivera e Iglesias, se ha visto a un líder socialista obligado a jugar en dos frentes. Por un lado, la batalla que le presentan los dos partidos emergentes, Podemos y Ciudadanos, sus competidores en la necesidad de lavarle la cara, y algo más que la cara, al régimen político alumbrado en 1978. Y, por otro, la desactivación de un argumento cada vez más utilizado por Mariano Rajoy. Consiste en prevenir a los españoles frente a gobernantes primerizos, «que ni siquiera han sido concejales». Con 60 años de edad y 34 de experiencia, el presidente se permite denunciar la bisoñez de Sánchez, Iglesias y Rivera, a los que saca veinte años o más.
Lo que está ocurriendo en la región parcialmente controlada por los terroristas del DAESH y la todavía viva amenaza rupturista del nacionalismo catalán puede venirle bien al PP para cubrir esa presunta demanda de gobernantes experimentados. También es verdad que la demanda de cambio viene para quedarse en tres de los cuatro partidos que, hoy por hoy, solo coinciden en la necesidad de revisar a fondo una Constitución que ha prestado grandes servicios a España, pero que ahora pide a gritos una actualización, por pura fatiga de materiales.

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