Andrés Aberasturi – Los olvidados de los olvidados


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

El pasado jueves día 3 se celebró en el mundo uno de esos «días de…» dedicado en esa fecha a la discapacidad. Y no resulta nada fácil abordar este tema y tratar de clarificar un mensaje que puede desorientar a muchos porque los medios de comunicación -y es lógico- dedican algún minuto a la no exclusión, a la defensa de los derechos de todos, a la necesaria y urgente integración etc. Pero no sólo los medios. Muchas organizaciones, con la mejor voluntad del mundo, inventan hermosas frases como «está bien ser diferentes» «dis-capacidad no es in-capacidad», «seamos capaces de ser iguales» o apelan -a estas alturas hay seguir en ello- a los derechos que tienen todos los seres humanos. Y naturalmente tienen razón y suscribo cada una de estas iniciativas en forma de deseo, de reivindicación, de exigencia.
Pero hablar de discapacidad -ahora se cuestiona también esta palabra- es generalizar demasiado y cuando en esa generalización se muestra sólo parte del problema, la parte más posibilista e incluso puede que la mayoritaria, la realidad de muchos otros corre el peligro de quedar diluida y silenciada.
Todos estamos por defender los derechos, todos deseamos que se cumplan esas obligaciones legales de dar trabajo a un número de discapacitados -precepto que no cumplen ni siquiera la mayoría de las administraciones- y todos queremos talleres y pisos tutelados y la mayor independencia posible para quien pueda disfrutarla. Y ahí está precisamente el agujero negro que en conciencia necesito denunciar.
Porque no todos los discapacitados, por desgracia, están esperando un puesto de trabajo, un piso adaptado o la integración plena en una sociedad que aun sigue haciendo diferencias. No es el caso de todos.
He dicho que generalizar es siempre peligroso y la sociedad debería saber que también hay otra forma de calificar -mucho más coherente desde mi punto de vista- a los que genéricamente se les denomina como discapacitados: el grado de dependencia de terceros tan solo para llevar una vida digna. Y siempre son los grandes dependientes, los que se califican de severos o profundos, los mas invisibles, los que pasan desapercibidos porque nunca podrán batir un récord o escribir una página heroica de superación. Son los grandes olvidados de los olvidados cuyo único objetivo -y ni siquiera ellos lo saben pero sí quienes les aman- es seguir un poco más en el mundo con todas sus carencias, con sus patologías asociadas, con sus miradas inocentes, con su simple «estar» -mucho más que «ser»- embelleciendo la vida. De ellos no se habla y cuando la Administración reparte sus ayudas los divide -créanme- en «lotes»: lote 1, lote 2, lote 3. Es el lenguaje que utiliza la burocracia, se excusan avergonzados y uno se pregunta de qué sirve tanta celebración sin quienes legislan y ejecutan aun no han sido capaces ni siquiera de cambiar la palabra «lote» para llamar a nuestros hijos.
Es naturalmente una anécdota triste porque detrás de los «lotes» hay un precio, una subvención -que no una caridad- tan absurdamente repartida en el Acuerdo Marco de la Comunidad de Madrid que coloca en el «lote 1» (el que le sale más barato, claro) a los discapacitados físicos y a esa minoría de «profundos» cuya vida depende las 24 horas del día de un tercero. Con esta sensibilidad y esta falta de coherencia (denunciada) ¿qué podemos esperar? Solos, en un mundo sin palabras, sin comunicación, el silencio de los que administran nos llena de pesimismo y de vergüenza.

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