Andrés Aberasturi – Un verso suelto en el Vaticano


MADRID, 14 (OTR-PRESS)

La última vez que estuve en El Vaticano, tuve la ocasión de acceder como espectador en una zona semiprivada a una recepción, no recuerdo ya por qué motivo. Pero reconozco -y quisiera ser absolutamente respetuoso- que el espectáculo al que asistí me resultó extrañamente deprimente. Nada especial: muchos cardenales iban y venían recibiendo y saludando me imagino que a gente importante de la política, las finanzas no lo sé, esos que se han dado en llamar «VIPS». Y mi extraña depresión no fue motiva naturalmente por la recepción, algo normal en cualquier estado y El Vaticano no de deja de ser uno más.
Mi desazón -absolutamente subjetiva- nacía y se acrecentaba según iban llegando más y más cardenales que vestían con diversos tonos púrpuras y cuyo físico -de eso no tienen la culpa ellos, por supuesto- de todas todas me recordaba a algunas escenas de Fellini. En el momento álgido de la recepción, un compañero que se conocía al dedillo el quién es quién en las altas jerarquías de la Iglesia oficial, me iba descubriendo a muchos de ellos acompañando el nombre del purpurado con algún comentario absolutamente mundano y comprensible: «ese tiene mucho peligro, ese otro es que el maneja las finanzas, estuvo en el escándalo de aquel de la nariz como la tuya, «controla» medio cónclave, el de atrás es un vividor». Y así pasamos uno por uno revista a los allí presentes, cercanos y lejanos, acompañados todos ellos siempre de un curilla atento a cualquier requerimiento de su «jefe».
Reconozco que no es más que una impresión subjetiva y hasta es posible que algo maliciosa por mi parte. Pero mientras contemplaba aquella reunión, recordaba un magnífico documental que tuve la ocasión de ver en televisión sobre las interioridades del concilio Vaticano II, la conjuras contra el Papa Juan, las difamaciones y calumnias que reconocían haber hecho correr algunos cardenales contrarios a la apertura, las amenazas, el plante de los obispos franceses etc. Todo bastante triste.
Y viene esto a cuento de lo que, al parecer, ya el obispo italiano Luigi Negri dijo hace un año mientras viajaba en un tren: «Esperemos que, con Francisco, la Virgen haga el mismo milagro que hizo con el otro» en referencia claro a Juan Pablo I, encontrado muerto el 29 de septiembre de 1978, un mes después de su elección. Es evidente que Francisco tiene muchos enemigos poderosos en esa maquinaria casi secreta y potentísima que es la Curia Vaticana. A la Curia -o a buena parte de ella- no le gusta el verso suelto que es Francisco y en El Vaticano hay una máxima estremecedora: El Santo Padre, pasa; la Curia permanece.
Es muy posible que lo sucedido y nunca explicado con Juan Pablo I esté demasiado reciente en la mente de todos. Pero cada vez son más las autoridades eclesiásticas -incluidas no pocas españolas- que no dudan en demostrar en público e incluso en desafiar con sus decisiones, el magisterio del Papa argentino que, sin llegar a ser lo revolucionario que muchos quisieran, está desmontando con sencillez lo que a tantos ha separado de la Iglesia oficial.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído