No te va a gustar – No votemos influidos por los debates


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

He de ser honrado con usted, que tiene la amabilidad de leerme: cuando escribo estas líneas, aún no se ha producido el debate «cara a cara» entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, y menos aún el «contradebate» en el que participan Pablo Iglesias y Albert Rivera. En todo caso, sí puedo transmitirle a usted este mensaje: votar en función de la mayor o menor brillantez expositiva de un candidato es hacerse trampa a uno mismo; no siempre el más locuaz, o el más agresivo, o el que parece poseer mayor cantidad de datos, es el mejor gobernante. El debate es apenas una prueba más, un examen al que se somete a quien quiere representar a los telespectadores, pero ni siquiera es el examen decisivo. Hay controles mucho más importantes.
Escribo, claro, influenciado por los sondeos aparecidos este lunes en varios medios y que absurdamente, según los rigores de la normativa electoral, ya no podrían ni comentarse. Pero esos sondeos sí han ejercido su peso sobre el ánimo de los candidatos que se confrontaban y que dedicaron la jornada, y buena parte del fin de semana, a prepararse para la prueba, tratando de convencerse a ellos mismos de que salir bien o mal librado de ella tendría una influencia decisiva en el resultado de las urnas el domingo. No creo que sea así. Ni siquiera estoy seguro de que los debates se ganen o se pierdan, excepto cuando una de las dos actuaciones es sorprendentemente brillante o patentemente torpe o mendaz. Ninguno de los dos candidatos es ni lo uno ni lo otro: se han fajado lo mejor que han podido durante la campaña, aunque haya que reconocer que la de Rajoy, que al rectificar ha acertado, ha sido la mejor de todas. A Sánchez se le han detectado fallos evidentes de comunicación: su campaña, de excesiva movilidad, no calculando el concepto «coste-resultado», no ha permitido que calen algunos mensajes, y en otros se ha mostrado ambiguo. Le ha ocurrido en eso como al resto de los candidatos: no se ha dado a sí mismo tiempo para pensar. Y en eso, Rajoy, que se ha limitado a repetir todo lo, según él, bien hecho, les llevaba ventaja.
La situación ideal sería aquella en la que la verdadera influencia sobre el voto radicase en los programas con los que concurren los partidos, en la confrontación de las ideas nuevas, relegando a un segundo plano la personalidad del cabeza de candidatura. Nunca ha sido así, y nunca menos que en esta campaña, en la que el espectáculo mediático en torno a cuatro personas ha sido la tónica dominante. Qué duda cabe de que los programas de Bertín Osborne o de María Teresa Campos, por poner los dos ejemplos más significativos, han ejercido mucha mayor influencia en el voto que los debates electorales. Es una clara desviación sobre lo deseable, pero así ha sido y así tenemos que asumirlo. Y no seré yo, al fin y al cabo un comunicador, quien trate de alejar a los aspirantes a presidente de eso que se llamó caja tonta, pero que tan tonta no debe de ser, porque se ha convertido en el eje de la actuación política: ya quisiera yo que los candidatos hubiesen ocupado tanto tiempo estudiando medidas nuevas para los programas electorales con los que concurren como recorriendo los platós más inimaginables.
Pero, en fin, nos hallamos en la situación inversa a aquella que predicaba el inolvidable Julio Anguita, que a todo respondía «programa, programa, programa». Ahora, la consigna es, más bien, «programa de televisión, programa de televisión, programa de televisión». Los tiempos cambian que es una barbaridad. Los debates, sin embargo, cambian menos, ya se ve.

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