Fernando Jáuregui – De verdad: no ha empezado la guerra civil, créanme


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

Pues claro que yo también me solidarizo con el presidente del Gobierno y candidato a lo mismo cuando un energúmeno psicótico le sacude un puñetazo, aprovechando que ahora Rajoy está en pleno contacto preelectoral con la calle. ¿Cómo no condenar la irracionalidad, la violencia, el comportamiento absurdo, la antidemocracia por principio que significa lanzarte a golpear a alguien cuyas ideas no te gustan? Pero eso es una cosa; la demasía, otra. Y no puede ser que del fenómeno golpe-de-mozalbete-idiota pasemos a la categoría se-está-generando-un-clima-de-confrontación-en-España. El mal gusto y la exageración campan por doquier, arrasando con la moderación que debería presidir estas últimas horas de campaña electoral.
Lo digo porque, como suele ocurrir, las redes sociales se han, como afirma la tópica frase, incendiado. Y no faltan quienes traten hasta de culpar a Pedro Sánchez, que en el último debate electoral dijo de Rajoy que no era un político decente, de haber movido el puño del menor a base de «crispar» ese debate (¿?). Todo aprovecha para la batalla política o para la pirueta intelectual: comentarista radiofónico hubo que hasta sugirió que del no tratar jamás de usted a sus mayores, costumbre por lo visto inveterada en los jóvenes, se pasa a agredir físicamente a todo aquel que peine canas, en general, y al presidente del Gobierno, en particular. Y también ha habido quienes, jinetes del Apocalipsis al galope, hayan dicho por las ondas que de lo ocurrido en una calle de Pontevedra se pasa al tiro en la nuca del adversario político, siempre que este adversario sea «de derechas» y el que tirotea «de izquierdas» (nuevamente: ¿?).
Lo peor es que, por llevar la contraria a estos opinadores, se me echó encima este jueves toda una audiencia radiofónica, que daba la razón a los primeros. Y no hablemos ya del mal fario de ciertos tuiteros, que esa, la de ciertos especímenes que pululan en las redes sociales, es otra. ¿Tan mal estamos que somos incapaces de diferenciar entre la sandez de un niñato de mierda y una presunta oleada de violencia política? ¿O será, me pregunto, que yo no me entero y tienen razón quienes hablan de «extremar la mano dura» para cortar esa ola de violencia», promovida, dicen, por el mal humor reinante en los debates?

Mal vamos si empezamos a generalizar con todos los fuegos del Averno. Siento quitarle carga explosiva a la cosa, pero pienso, y tengo que decirlo, que España es un país básicamente pacífico, que se conmueve, como es propio de bien nacidos, con la violencia, comenzando por la de género, y que es capaz, como muy bien ha hecho Rajoy, de perdonar la estúpida agresión sin causa: chapó por él, que ha sabido dar al molesto asunto la dimensión adecuada. Y, al tiempo, bien por la solidaridad mostrada por los rivales a la hora de condenar esa agresión, aunque sospechen que va, por supuesto de manera involuntaria, a favorecer al agredido. Y también creo que lo que ha hecho ese mozalbete, que forzosa y legalmente ve oculto su nombre -aunque a estas alturas toda España sabe ya cómo se llama-, no pasa de ser un acto aislado, punible (hay que endurecer la dichosa ley del menor) y perfectamente despreciable. Pero, de verdad, créanme: no ha empezado la guerra civil, aunque haya tantos comportamientos inciviles. Incluso en Twitter.

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