No te va a gustar – Pues claro que esto tiene arreglo.


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

Son muchos los titulares y demasiadas las interpretaciones que se pueden fabricar tras el vendaval que barrió tantas cosas de la «vieja política» este domingo electoral. Los análisis pesimistas dicen que esto no tiene arreglo, que el país ha quedado ingobernable y que serán precisas nuevas elecciones allá por primavera: un escenario, este de la repetición de las elecciones, por completo indeseable. Los optimistas, entre los que me cuento, pensamos que las crisis son siempre semillero de oportunidades, como dejó escrito Einstein. Y que la oportunidad consiste en alejarse de los esquemas manidos y caducos e imaginar nuevas soluciones constructivas.
Esto quiere decir que, en primer lugar, ha de ser Mariano Rajoy quien, como cabeza de lista de la candidatura más votada, debe formar Gobierno. Solo o en esa gran coalición con el PSOE, que yo siempre he considerado tan deseable y sobre la que tantos me han tratado de desalentar como utópica por imposible: «imposible con estos partidos que tenemos, en esta España, que no es Alemania, eso es inviable», te dicen. O, peor aún, «si el PSOE (o el PP) hace ese pacto, se suicida como partido».
Y a mí, y al resto de los ciudadanos, ¿acaso nos importa más la supervivencia de este o aquel partido que la supervivencia del país, que es en lo que deberían pensar aquellos a los que votamos y pagamos por ser nuestros representantes? Creo, en suma, que la obligación de Rajoy es llamar cuanto antes a Pedro Sánchez, olvidar pasados agravios, que no están las cosas para rencores, y proponerle un pacto de actuación, que ni siquiera es necesario que sea de gobierno, para llevar a cabo las reformas ya imprescindibles. Es más: pienso que lo ideal sería incluir a Ciudadanos en ese pacto para la regeneración, que podría tener dos años de duración, tras los cuales se disolverían nuevamente las cámaras, se celebraría el preceptivo referéndum para las reformas «agravadas» de la Constitución y se convocarían nuevas elecciones.
Pienso que esta es la salida que se desea en los principales despachos de la economía del país, en los de los inversores y en no pocas cancillerías europeas, para no hablar de lo que sin duda aconsejará el Rey a los dirigentes políticos en sus inminentes contactos con ellos.
Pero supongamos que esa coalición, con un PSOE que insiste en que es la alternativa para impedir que siga en el poder «la derecha»

-como si esto que ha ocurrido, el vendaval de las elecciones del domingo, pudiese plantearse en términos de «derecha» e «izquierda»–, resultase imposible. Podría suceder entonces que Pedro Sánchez tratase de llegar a la presidencia del Ejecutivo pactando con Podemos -que radicalizó nuevamente su voz en la noche electoral, desmintiendo un previo giro a la moderación–, con Izquierda Unida, con Esquerra Republicana de Catalunya -que exigiría la celebración inmediata del referéndum de autodeterminación en contraprestación a su apoyo a la investidura del socialista- y hasta con el Partido Nacionalista Vasco, cuyos seis escaños le harían falta a Sánchez para lograr la mayoría absoluta. Un conglomerado difícil de gobernar, y posiblemente imposible de mantener. Para no hablar ya de otras combinaciones imposibles que se barajaban en los medios en la larga noche electoral.
En estas circunstancias, posiblemente el único camino sea el retorno a la primera hipótesis, la de Mariano Rajoy gobernando en minoría, tal vez apoyado puntualmente en según qué aspectos de su programa de gobierno por Ciudadanos -Albert Rivera ya se ha pronunciado, pienso que certeramente, en este sentido- y quién sabe si en otros por el mismísimo PSOE, o por el PNV. Lo esencial, en este caso, es que Rajoy sea capaz de elaborar un programa reformista, de profundización en la democracia, que regenere muchos aspectos desfasados o inconvenientes, comenzando por la absurda normativa electoral que aún tenemos y siguiendo por determinados aspectos de la Constitución. Un programa regeneracionista valiente, progresista, que responda con hechos a la oferta de diálogo que el ya presidente del Gobierno en funciones lanzó a todos desde el balcón de la sede de Génova en la noche electoral.
Y ahí topamos con la misma piedra: ¿será capaz este Rajoy, que sin duda, rectificando posiciones previas, es el mejor Rajoy, de completar el giro de ciento ochenta grados que emprendió hace cuatro semanas? ¿Puede dar paso «el inmovilista Rajoy» a «Rajoy el promotor de cambios profundos»? ¿Cree él en el Cambio, con mayúscula, que parece que pretenden -tenemos todos que interpretar bien los resultados- los electores? Son las grandes preguntas, que requieren de grandes respuestas. Todo ahora, menos más silencios.

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