Fernando Jáuregui – Cuando el Rey, reinando, gobierna un poco


MADRID, 23 (OTR/PRESS)

Sospecho que oiremos hablar mucho del mensaje navideño que el Rey Felipe VI nos dirija, por segunda vez en su vida, a los españoles. Siempre hay que escuchar atentamente este discurso del Monarca, que unas veces ha sido más acertado que otras, en función de cuánto interviniesen en él los distintos gobiernos. En general, esta intervención ha sido escasa, y el tono y el fondo de lo que nos transmite el jefe del Estado en estas fiestas suele tener un carácter positivo e incluso ir más allá de lo que propone el Ejecutivo, como cuando, en su penúltimo mensaje navideño, Juan Carlos I habló, para escándalo de unas fuerzas políticas que no aceptaron hasta meses después este concepto, de «regenerar» la vida política española. Ahora, año y medio después de haber ocupado el trono, pienso que el discurso de Felipe VI, inédito por muchos conceptos, desde el escenario hasta la realización, está destinado a hacer historia. La ocasión lo merece.
Hasta ahora, Felipe de Borbón ha optado siempre por mantener una exquisita prudencia en los asuntos que le competen como un jefe del Estado que reina, pero no gobierna, según la tradicional expresión acuñada a partir de las previsiones de la Constitución. Quizá un presunto exceso de prudencia constituya, a mi juicio, la única falla, si es que lo es, detectable en la trayectoria del Monarca en estos dieciocho meses. Felipe VI, perdón por repetirlo una vez más, está siendo, sin duda, el mejor Rey que España ha tenido; por eso mismo, se requiere cada vez más de él. Es necesario en la unidad territorial y en la moral política del país. Conoce su papel, y lo antepone sin la menor duda a sus intereses personales, si es que un profesional tan absoluto como él -ha nacido y le han formado para desempeñarse como lo que es- es capaz de albergar intereses personales.
Por eso, y he tenido ocasión de comprobarlo, cuida tanto todos los detalles. Puede tardar horas en granar lo que para su padre a veces podía resultar hasta, en ocasiones, un «rutinario» mensaje de Navidad, en el que repetía muchos de los conceptos que ya había expresado el año anterior. Ahora, tengo la impresión de que no solamente va a cambiar la escenografía, un palacio más familiar por otro más ¿oficial?, unas imágenes más dinámicas. Felipe de Borbón no puede, porque sabe el material que maneja, engañarse respecto a la situación política que atraviesa el país, un país que algunos pesimistas se han apresurado a calificar de «ingobernable» tras el resultado de las elecciones del pasado domingo. O ante las perspectivas secesionistas que una parte de los catalanes, quizá nuevamente liderados por el inestable Artur Mas, mantiene contra el viento y marea de una realidad que se anuncia, a este paso, desastrosa: ¿alguien imagina al antaño conservador Mas al timón de una Cataluña «republicana y anticapitalista», como quiere la CUP, increíble árbitro de la situación?.
Ahora falta que las fuerzas políticas nacionales y, en mayor o menor grado, constitucionalistas, arrimen el hombro. Bien por Rajoy, a quien tanto he criticado, cuando convoca, apenas dos días después del resultado electoral, al líder de la oposición, Pedro Sánchez, que se salvó de la quema en la noche electoral, a visitarle en La Moncloa. Demuestra el presidente que no puede albergar rencor ante aquel «usted no es un político decente» que le lanzó a la cara, en el debate electoral, el secretario general del PSOE. Es el momento de la grandeza, no de las mezquindades, y Sánchez y su partido están llamados a tener un papel aún más importante que el del jefe del Gobierno: el de fabricar una estabilidad que evite unas nuevas elecciones, que sería lo más desastroso que podría ocurrirnos a los españoles. Bien, por tanto, por Sánchez por tragarse sus brindis al sol de «vamos a echar a la derecha de La Moncloa». Bien por Albert Rivera, que, ofreciéndose a facilitar la gobernabilidad en los temas más sensibles, aunque sea desde la oposición, ha puesto el dedo político en más de una llaga.
En este contexto, el papel del Rey es clave. No solamente porque dirigirá a los ciudadanos un discurso que es el de quien ejerce nada menos que la jefatura del Estado, por mucho que no sea una jefatura (demasiado) ejecutiva; es que también va a recibir en La Zarzuela a los líderes políticos para ver las posibilidades de formación de Gobierno que ofrece la aritmética parlamentaria. No creo que sea un secreto para nadie que el Rey quisiera, en estas circunstancias, una gran coalición, o un gran pacto a dos (PP-PSOE) o, mejor, a tres, con Ciudadanos. O incluso a cuatro en algunos aspectos, que a Pablo Iglesias le toca ahora dejar de lado su extremista lenguaje de la noche electoral y regresar a la línea moderada que se impuso durante la campaña y antes de ella. Ese pacto, o incluso esa gran coalición, de la que ahora se habla tanto, tras haber estado vetada incluso como utopía, lo quieren las fuerzas económicas, y los líderes europeos, y muchos ciudadanos. Algunos, desde una cierta izquierda, dicen que es cosa que quieren solamente el gran capital «y la derecha». Como si ahora se pudiesen utilizar estos términos, tan desfasados. Como si antes cierta «derecha» no hubiese acusado de «izquierdistas» a quienes, en otras circunstancias, con la extinción de Zapatero, pedían lo mismo, una solución » a la alemana» que nos aleje de otras soluciones, por ejemplo «a la portuguesa».
El Rey se limitará, supongo, a hacer, en la noche más familiar y sagrada del año, el consabido llamamiento a la unidad de acción de las fuerzas políticas, a la unidad territorial con las peculiaridades que se quieran y al respeto a la Constitución, aunque haya que modificarla en algunos aspectos (bastantes, en mi criterio). Pero vamos a ver en qué tono se pronuncian estas palabras, con cuánto dramatismo -no es Felipe VI persona dada a las alharacas, esta es la verdad-. Y cuánto calan en la acción de unos políticos que, nunca como ahora, han tenido en sus manos la posibilidad de interpretar el mensaje que les hemos enviado desde las urnas. No pueden, simplemente no pueden, los intereses partidistas imponerse al bien común, a la estabilidad, a la confianza requerida para que las numerosas inversiones extranjeras que aguardan un horizonte claro se concreten. Pero tampoco puede, simplemente no puede, seguir este país siendo la nación alegre, consumista y confiada que renuncia a tomar en sus manos su propio destino. Para lo que valga, muchas felicidades.

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