Andrés Aberasturi – Un árbitro sin tarjetas.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Vale, ya sé que cuesta creo que once euros visitar el Palacio Real, pero en ese negocio, si es que lo es, no tiene arte ni parte Felipe VI que eligió precisamente ese marco para el mensaje de Navidad y creo que por una doble metáfora: en primer lugar dejó claro que aquel lujo era de todos los españoles y a la vez que quien desde allí hablaba no era un padre de una familia cualquiera –esa bobada– sino el Rey/Jefe de Estado.
A partir de ahí, cada cual ha hecho ya su particular interpretación de lo dicho. La mayoría coincide en lo de la prudencia, en lo medidas que fueron sus palabras, en la mención no expresa pero evidente de Cataluña –y los deseos de menos de la mitad de los catalanes– y en que no se refirió a la corrupción. Pero es curioso que se pasen por alto detalles que a mí –ya sé que es una cosa personal– me parecieron importantes y en los que el Rey de alguna forma se «mojó»: lo hizo cuando al reclamar la creación de empleo puso un énfasis especial en que esos puestos de trabajo deberían ser «estables» y lo hizo cuando se refirió por igual, sin las sutiles distinciones de muchos políticos europeos, tanto a los refugiados como a los emigrantes. Habría más detalles a destacar pero lo interesante, como dije antes, es la disección que se hace de cada una de sus palabras.
En «El País» se podía leer lo siguiente: «El Rey tenía dos opciones… dar un paso al frente para poner en valor su papel constitucional como árbitro y moderador de la política española o mantenerse en una línea prudente de defensa de la unidad de España…». No entro en el tópico tan de moda de «poner en valor» pero sí en lo de dar una paso al frente como árbitro de la política española. Ahí discrepo humildemente del editorialista porque una cosa son las palabras y otra los hechos.
Podemos hacer hermosas definiciones del papel que al Rey le asigna la Constitución, pero desde luego si admitimos la de «árbitro» tendremos que añadir inmediatamente que se trata de un árbitro «moral», sin silbato, sin tarjetas amarillas y mucho menos rojas. Puede que en la intimidad de su despacho eche broncas, de ideas, trate de conciliar, ejerza de moderador… da igual. Lo que no puede es mover un dedo y tomar una decisión en la política nacional y también eso creo que lo dejó claro para que todos los españoles supieran de quien es la responsabilidad tras la nueva configuración del Parlamento: «En un régimen constitucional y democrático de Monarquía Parlamentaria como el nuestro, las Cortes Generales, como depositarias de la soberanía nacional, son las titulares del poder de decisión sobre las cuestiones que conciernen y afectan al conjunto de los españoles: son la sede donde, tras el debate y el diálogo entre las fuerzas políticas, se deben abordar y decidir los asuntos esenciales de la vida nacional».
Pues eso, la Cortes Generales son las que juegan el partido y el Rey sólo puede mirar y opinar –en privado– sobre lo que él considere mejor pero nunca será vinculante para nadie y firmará lo que en esas Cortes se decida. Por no poder no puede ni contestar a la presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos, que ha remitido un e-mail al Palacio de la Zarzuela para comunicar que su Ejecutivo ha decidido excluir a la Casa Real de la entrega del Premio Príncipe de Viana. Una fineza del cuatripartito navarro.
En fin, así están las cosas en este país que sigue siendo pese a todo alegre y confiado aunque algo perplejo preguntándose qué va a pasar. Y el problema es que ningún partido tiene respuesta a esa pregunta. Ah, el poder, el poder…

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