Siete días trepidantes – Pero aquí, ¿sabe alguien lo que decía Einstein?.


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Dicen que en todas las guerras siempre hay un embajador de un lado que habla con otro embajador en el lado contrario. Hay muchos susurros y rumores en los cenáculos y mentideros madrileños –y barceloneses– que abonan la tesis esperanzada de que los teléfonos siguen abiertos y alguien, a la postre, sigue hablando con alguien, como en las parodias de Gila. Así que ha habido, está habiendo, presumiblemente, más contactos subterráneos de lo que pensamos. Puede que ya no sirvan para evitar la repetición de elecciones en Cataluña; pero aún queda un rayo de esperanza en el sentido de que aún sea tiempo para que no se vuelvan a celebrar esta primavera las elecciones generales.
Parece una paradoja, pero todo está cerrado en el peor sentido que puede darse a la palabra; luego todo sigue abierto. A mí, lo que me preocupa es que las negociaciones entre los grupos políticos catalanes se limiten a los últimos ardides que pueda imaginar Artur Mas para mantenerse en el machito. Y que los contactos entre representantes de los grupos parlamentarios a escala nacional se centren apenas en quién va a presidir el Congreso de los Diputados en una Legislatura que puede batir el récord de brevedad.
En todo caso, las conversaciones para determinar quién ejercerá el papel, ya se va viendo que será clave, de presidente de la Mesa de la Cámara Baja, resultan bastante representativas de la situación: alegando, como puede hacerlo, haber ganado las elecciones, de manera insuficiente, pero con bastante ventaja sobre el siguiente (PSOE), Mariano Rajoy exige para el PP, la formación vencedora, esa Presidencia, que bien podría recaer en el hasta ahora presidente, Jesús Posada, que, a mi juicio, ha hecho una buena labor, teniendo en cuenta los tiempos que corren. La oposición en bloque cree que el Congreso debe estar presidido por alguien de otra formación política, y parece que existe un cierto consenso en torno a una propuesta no explicitada en torno al miembro de la Ejecutiva socialista Pachi López, el ex lehendakari vasco y figura, como Posada, digna del mayor respeto y aprecio.
Ocurre que Rajoy, ensimismado en la victoria pírrica, no se da cuenta de que, para negociar, algo, o bastante, quizá mucho, tendrá que ceder. Como decía Einstein, «no pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo». ¿Cuánto quiere cambiar Rajoy, que necesita desesperadamente el concurso que los socialistas le niegan para ser investido como presidente del Gobierno este mismo mes?

Por lo que vamos viendo, poco. Y no parece que hasta la primera sesión de investidura el presidente en funciones y aspirante a la función de presidente vaya a hacer público ese programas concreto de reformas tangibles y tasadas en el tiempo que asegura que está dispuesto a pactar con socialistas y con Ciudadanos. Puede que Rajoy, que tantas veces ha acertado en sus tiempos, excesivamente demorados a juicio de muchos, se esté equivocando ahora dilatando el proceso.
Veremos lo que ocurre en el siguiente encuentro en La Moncloa con Pedro Sánchez –porque seguro que lo habrá–, a quien desde muchos rincones se le grita que se está cegando a la hora de plantear sus alianzas: Rajoy le tiende una mano que parece que Podemos le niega. Con Rajoy y con Rivera podría ensayar una fórmula de gobernación reformista, tratar de imponer sus propias recetas, sabiendo, como sabe, que su concurso es imprescindible: reforma constitucional, federalismo, otro planteamiento para la reforma laboral…
Con este Podemos, que no está aún listo para gobernar a los españoles, aunque sí para presionar mejoras democráticas y sociales, nada de eso sería posible, entre otras cosas porque las prioridades de Pablo Iglesias son otras: probablemente, disfrutar de un par de años más siendo la única oposición fuerte a un Gobierno de centro-derecha-centro-izquierda, por muy regeneracionista que este Gobierno fuese.
Pero Sánchez está mucho más entusiasmado en el modelo portugués que en el alemán. De la misma manera que Pablo Iglesias está ahora mucho más interesado en presentarse como el garante de la unidad nacional, desde la convocatoria de un referéndum sobre la secesión catalana –ahora, las mareas piden lo mismo para Galicia, y veremos lo que pasa tras las elecciones vascas este octubre, en las que un candidato frente al PNV probablemente será Arnaldo Otegi–, que en propiciar las reformas que a Sánchez, y se supone que a todos los «barones» del PSOE, les gustarían.
Así que el panorama se presenta bastante cerrado. Y, por tanto, siguiendo las máximas de Einstein, según las cuales «la crisis es lo mejor que puede sucederles a personas y países, porque la crisis trae progresos», deja todo abierto. Desde el reemplazo de líderes que se niegan a entenderse hasta reconsideraciones y giros de ciento ochenta grados en posicionamientos demasiado tozudos. Lo que ocurre, aunque eso no lo diga Einstein, es que un enquistamiento de la crisis resulta peligroso: un ámbito en el que todo está cerrado resulta asfixiante. Y de asfixia ya se sabe que uno se muere.
En Cataluña, el lunes, Mas, el afortunadamente saliente, debe convocar nuevas elecciones para el 6 de marzo –salvo sorpresas de ultimísima hora, que vaya a usted a saber con este panorama…–: muy convenientes para salir del pudridero en el que el president de la Generalitat ha colocado a los catalanes y al resto de los españoles, bien es verdad que con el concurso inapreciable de estos últimos. Y en Madrid, el miércoles, nos sacudiremos la modorra vacacional con la inauguración del «nuevo» Parlamento, que tendrá casi tantas caras nuevas como cuellos sin corbata, evidenciando que, al menos en eso, la Vieja Política muda.
Ahora, solo falta hacer buenos los pensamientos de Einstein: «es en la crisis donde nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias». Por ahora, nada de eso o, para ser justos, muy poco, hemos visto desde que, allá por septiembre, empezó el gran estallido de esta crisis que no tiene ganas de cesar, parece. Porque de lo que Einstein nunca habló es de si el cambio es o no una cosa de corbatas.

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