No te va a gustar – Martínez versus Martínez


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Quien, como yo mismo, pasó la tarde y parte de la noche del domingo contemplando la sesión del Parlament catalán en la que, de urgencia, se invistió a Carles Puigdemont como nuevo -y sorprendente- president de la Generalitat, sin duda que, fuese el espectador independentista o no, acabó con un nudo en el estómago. Fue la ceremonia más patética que quien suscribe, con muchos años de observador político a las espaldas, haya visto desde que comenzó la andadura democrática, allá por 1976. Porque fue la ceremonia de una ruptura civil, del Martínez que decía «no» al archiseparatista Puigdemont y del Martínez que, en cambio, decía «sí». Y claro, también había quienes, con ocho apellidos catalanes, se declaraban a favor o en contra de la investidura del personaje, es decir, de la independencia.
Conste que no pienso que la sesión tuviese ni siquiera pretensiones de iniciar un camino definitivo. Como Lluis Rabell, presidente de Catalunya sí que es Pot, llegó a decir en un bien construido discurso, aquello de la desconexión de Cataluña con España era «una fanfarronada, un engaño». No creo tanto en el deseo de engañar a los demás como en el de autoengañarse, como ha venido haciendo Mas todo este tiempo para culminar su «vendetta» «contra Madrit». Pero, aunque aún confío en que jamás -hasta donde alcance esta palabra- se produzca esa independencia, el espectáculo, para mí, fue doloroso, y creo que para otras muchas personas que lo seguían en televisión desde fuera de Cataluña (y, claro, especialmente desde Cataluña). La sociedad civil, y la sociedad política, están rotas y lo peor es que no hay ansia de restaurar las heridas: no podrán, con la simple imposición de una ruta independentista, restañarse, y, por el contrario, se agravarán. Ni podrán cicatrizar solamente con seguir amenazando con aplicar una ley que el nuevo Govern simplemente se niega a reconocer.
El Estado no puede permitir un proceso como el que, con un horizonte de apenas dieciocho meses, nos delineó este domingo ese político de la serie «B» que es Puigdemont. El problema de una secesión no es solamente, como parece creer Rajoy, legal -que también–, sino humano. No se puede tomar una decisión de separarse de España contra la mitad, al menos, de los catalanes. No se puede, con un golpe de mano como el que Artur Mas (y la CUP) dio el sábado, burlar los deseos de un electorado que jamás pensó en ir hacia este «procés» y, menos, de la mano de la CUP y bajo la dirección teórica de alguien de tan escaso peso específico como Puigdemont; encima, valiéndose de trucos de escasa ética (y estética) política como forjar una mayoría a base de «fichar» a dos «tránsfugas voluntarios» de la CUP para que se integren en el grupo de Junts pel Sí; un auténtico «tamayazo», un dislate y una burla que el cuerpo social catalán va, me parece, a tolerar mal, pese al pasotismo que está mostrando en todo este recorrido de locos, o de pícaros. Sobre todo, supongo que cundirá la alarma si la economía camina de la mano de Junqueras (Esquerra), que habla de «república anticapitalista», y la política «exterior», de la de Romeva, que no es precisamente Metternich, y vamos a dejarlo ahí.
Tengo, como sin duda muchos de quienes sean tan amables de leerme, bastantes amigos catalanes o que viven en Cataluña, que viene a ser lo mismo. Todos ellos, incluyendo a alguno que votó por la independencia como un acto más bien reivindicativo contra las políticas «pasotas» del Gobierno central, están muy, pero muy, preocupados. Uno de ellos me confesaba, en la mañana de este lunes, que las lágrimas acudieron a sus ojos mientras veía la votación, a mano alzada, en el Parlament. Entonces se me ocurrió el titular de este comentario, que me parece que refleja la tremenda situación, el drama humano, que se vive en Cataluña: Martínez versus Martínez, Trías versus Trías, Puig contra Demont… Menudo lío se/nos están armando.

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