Siete días trepidantes – El Rey, la bronca y la maldita crispación.


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Estamos inmersos en la bronca como clima político. Y eso, me parece, no es nada bueno; ahora es más difícil que nunca escribir un comentario, participar en una tertulia, analizar lo que está o no pasando. Los procesos que no son bien entendidos por los ciudadanos acaban generando crispación. Que es el peor método para entenderse y acordar programas de actuación. Tampoco los contactos subterráneos que, al parecer, se están manteniendo desde Moncloa o desde Ferraz son el mejor remedio para captar la confianza de los electores, que, por cierto, son también quienes pagan los impuestos para que la máquina política siga rodando.
El hecho de que la cesión, por parte de los socialistas, de dos senadores a ERC y Convergencia, para que puedan formar grupo en el Senado, haya provocado una tormenta sin límites –cuando jamás antes se había producido tal reacción– demuestra hasta qué punto todos perciben que la situación, en Cataluña y en el resto de España, es ahora bien diferente. Incluso se ha trasladado el oleaje al interior del PSOE, donde algunos «barones» aprovechan la ocasión para, criticando (ahora, insisto) esta «cesión» de dos senadores, lanzar algún dardo al secretario general, Pedro Sánchez, cuya situación parece crecientemente difícil ante tan denso terreno político.
Opiné, en una tertulia radiofónica –y recibí no pocas críticas a través de las redes sociales, cada día más incendiadas–, que esta cesión de dos senadores a los «independentistas» en el Senado carecía de la menor trascendencia; para nada significa que Sánchez esté preparando el terreno, en su afán por llegar como sea a La Moncloa, para pactar con Esquerra y los sucesores de Convergencia: tiene un claro mandato de su partido para no negociar su investidura con quienes pretenden abandonar la pertenencia de su territorio a España.
Desde ese punto de vista, incluso tendrá difícil el secretario general del PSOE pactar con algunas de las formaciones que quieren integrarse en un solo grupo parlamentario con Podemos, como las Mareas, Compromís o la propia Ada Colau, que exige irremediablemente el referéndum de autodeterminación en Cataluña. Así que, ante su negativa cerrada a pactar «con la derecha», es decir, con el PP, el partido que comanda Sánchez –¿por cuánto tiempo?– parece algo bloqueado en este momento en cuanto a sus posibles alianzas. Y, de paso, todo lo demás también está bloqueado.
Intentó Sánchez una pirueta llamando al nuevo «molt honorable president de la Generalitat», Carles Puigdemont, para ofrecerle «su» reforma constitucional, que aún no está, entiendo, lo suficientemente desarrollada en el programa socialista. Ignoramos, de momento, la respuesta de Puigdemont, que ha empezado a reconocer, con realismo, o quizá con afán de empezar él también a negociar algo con alguien «en Madrid», que el «procés» de la independencia puede que no vaya a ir tan rápido, al fin y al cabo.
Pero no puede Sánchez negociar solamente por su cuenta esa reforma, ni la denominación de «federal» para el proceso autonómico español. Quiéralo o no, habrá de pactarla con el PP; que sigue teniendo una mayoría (relativa, eso sí) de escaños en el Parlamento que esta semana inauguraba, en medio del folclore tan comentado, su incierta andadura. Veremos si Congreso y Senado, tras constituirse, serán capaces de comenzar a andar, más allá de los gestos para la galería: también están, como el Ejecutivo de Rajoy, en funciones. Por tanto, situación también con riesgo de inflamarse.
Así que nos queda el Rey, que es el único que no está aquí en funciones. El Rey que, durante toda la semana próxima va a mantener sus (¿primeros?) contactos con los representantes de los grupos parlamentarios. Yo quisiera darle una relevancia especie a este proceso de contactos. El Rey cometió, a mi juicio –y son muchos los que no comparten mi opinión–, un error, el único de su carrera hasta el momento, no recibiendo a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, para que le entregase personalmente el acta de investidura de Puigdemont.
A continuación, Esquerra se ha «vengado», negándose a acudir a la preceptiva audiencia real: más crispación. Incrementada, me parece, por el hecho de que, según el nuevo president de la Generalitat, ni el jefe del Estado ni el del Gobierno central le llamaron para felicitarle por su investidura. Ahora, Felipe VI se entrevistará con todos –menos con Esquerra–, incluyendo a los «subgrupos» de Podemos que no podrán, merced al reglamento de la Cámara, tener grupo parlamentario propio en esta Legislatura, dure lo que dure.
Tengo gran confianza en estos encuentros en La Zarzuela. El Rey tiene la facultad, y me parece que la obligación, de recibir a todos y de buscar, con todos, un arreglo al callejón, esperemos que con salida, en el que estamos metidos. Y no precisamente por culpa de los votantes, como sugieren desde algún partido, o como dijo, con desvergüenza, Artur Mas, cuando se atrevió a afirmar que lo que las urnas no le dieron lo ha conseguido la negociación: a ver si muestra el mismo desparpajo cuando tenga que hablar de las corruptelas nuevamente descubiertas en su partido, Convergencia Democrática de Catalunya, hoy Democracia y Llibertat. No son los electores quienes se equivocan , sino los elegidos a la hora de interpretar el mensaje de los votos.
Y, hasta ahora, algunos cometen error tras error. Al Rey, que está por encima de todos y es Rey incluso de quienes no quieren ni España ni monarquía, le corresponde ahora un papel muy importante para amainar tensiones: está ante la prueba de fuego de su carácter de estadista, y yo pienso que va a superar esa prueba. Y no puede, entiendo, perderse en rechazos ni desplantes de unos u otros. Es el momento, cuando ya se planifica para dentro de tres semanas una primera sesión de investidura, de insuflar concordia al cuerpo político de la nación. Y un mínimo de eficacia a quienes pretenden ser nuestros representantes, que han de entender que la repetición de elecciones -allá por junio– sería, simplemente, una catástrofe.

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