Isaías Lafuente – ¿De quién es el arte?


MADRID, 20 (OTR/PRESS)

Cataluña y Aragón se enfrentan en los tribunales para dirimir a quién pertenecen unos frescos románicos pintados en el siglo XII en el Monasterio oscense de Villanueva de Sigena y expuestos desde los años 60 en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Las pinturas fueron pasto de un incendio durante la guerra civil y las monjas las cedieron en depósito a Cataluña, que las restauró y conserva desde entonces.
Cataluña sostiene que la exportación de los frescos no fue un saqueo sino una cesión y que de no haber sido recuperados y trasladados en su día quizás esa joya del románico se habría perdido para siempre. También argumenta que un nuevo traslado podría dañar irremediablemente las pinturas. No se entiende que lo que pudo hacerse con éxito en los años 40 del siglo pasado no pueda repetirse 75 años después con más garantías. Y la hipótesis de que los aragoneses no hubieran sido capaces de conservar esos frescos denota una presunción impropia. Pero se comprende que Cataluña quiera mantener el tesoro.
Aunque, sin necesidad de profundas argumentaciones, se entiende mucho mejor la posición de Aragón: que unos frescos que forman parte esencial del edificio en el que se crearon, siendo técnicamente posible, regresen a ese lugar que ha sido convenientemente restaurado. Por supuesto, con los agradecimientos debidos a la Generalitat por sus esfuerzos de recuperación y su conservación durante décadas. La justicia tiene ahora la última palabra y su decisión marcará un camino. Porque, si se ordena el retorno, los pleitos pueden multiplicarse sobre montones de obras que en su día, por distintas razones, volaron y atravesaron fronteras desde su lugar de creación a otros destinos.
En el fondo, la pregunta que subyace es a quién pertenece el arte. Y no puede haber una respuesta universal. No sólo el mercado, circunstancias de todo tipo han propiciado el traslado de millones de obras arte a lo largo de la historia. Y no todos los casos son iguales. Incluso entre los más discutibles, el retorno global sería impensable. Pero parece evidente, por ejemplo, que el friso del Partenón debería estar en el Partenón y no en un museo extranjero a dos mil kilómetros. Si en una imaginaria hipótesis contraria los griegos se hubieran llevado el Big Ben, los británicos no tendrían duda alguna al respecto. Y el caso que nos ocupa me parece semejante, con la venia de las partes enfrentadas y de unas señorías que tienen un asunto espinoso en sus manos.

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