Fernando Jáuregui – Lo siento, no es aún el momento de Pablo Iglesias


MADRID, 28 (OTR/PRESS)

Sigo sin reponerme de la audacia de Pablo Iglesias al proponerse a sí mismo como futuro vicepresidente de un Gobierno en el que contaría con cinco ministros «suyos» y cedería graciosamente la presidencia al socialista Pedro Sánchez, con quien por cierto aún nada ha pactado. Un golpe de mano político que evidencia muchas cosas, entre ellas sus deseos de ocupar parcelas de poder muy significativas atribuidas actualmente a la «número dos» del Ejecutivo. Iglesias -y Sánchez también: hasta cierto punto, es lógico en este mundo político- tiene prisa por pisar la moqueta del palacio de falsos mármoles situado en la Cuesta de las Perdices. Pero creo, la verdad, que no es llegado aún su momento, y eso que comprendo perfectamente que muchas cosas se están agotando, entre ellas una forma de ejercer el poder y la gobernación del país, y que una renovación a fondo es necesaria.
Es ahí, pienso, donde entra a jugar un buen papel una formación como Podemos: tiene que agitar viejas estructuras, denunciar algunas corrupciones instaladas o pasadas, proponer ideas y programas nuevos (y aquí empiezan a fallar las cosas, en los programas de actuación futura, que desconocemos) y, sobre todo, su misión es actuar como canal del lógico descontento que los abusos bipartidistas y monopartidistas han ocasionado en nuestro país. No comparto en absoluto, por tanto, las descalificaciones que desde ciertos sectores políticos y mediáticos se lanzan contra la formación aglutinada, con prisas y con procedencias y materiales diversos, por Pablo Iglesias y sus cercanos. Otra cosa es cómo estén aprovechando los llamados «podemitas» el caudal cosechado con el movimiento indignado. Y otra cosa son también las actividades, nacionales e internacionales, más o menos cuestionables, que algunos de los líderes más representativos de Podemos hayan realizado en el pasado.
Lo importante es el ahora: Podemos aún tiene que convencer a un nutrido porcentaje de españoles de que su «conversión al sistema» es sincera, de que no va a romper las reglas del juego y de que no desprecia a cuantos llegó llamando «casta», ni a quienes se dejaron el pellejo por llegar a una Constitución democrática, la de 1978. No, no es una cuestión de corbatas versus rastas, sino algo mucho más profundo: no se puede llegar, como el caballo de Atila, arrasando los campos que otros han arado durante mucho tiempo, ni acusando a todos los demás de corruptos, incompetentes y de ser culpables de haber ido hundiendo al país, por lo cual deben marcharse cuanto antes dejando el campo libre para los que llegan. Eso no es el Cambio, con mayúscula, por el que muchos habíamos votado, creo, y hablo solamente en representación propia, desde luego.
Así que la cuestión no es la regeneración solamente del PP, o del PSOE, ni la mayor o menor moderación que se imprima Podemos; menos aún, quién vaya a ocupar los despachos, a hollar las alfombras e incluso quién vaya a recibir los informes exclusivos del CNI, aunque, personalmente, no dejo de sentir cierta aprensión ante algunas perspectivas que se delinean. Estamos, y eso me gustaría decírselo más aún a Pedro Sánchez -no lo escucharía: tan convencido está de «su» verdad- que a Pablo Iglesias, ante un problema de comprensión de España, un gran país que no puede ni fraccionarse ni perpetuar el viejo concepto de las dos Españas, entendidas como irreconciliables entre derechas e izquierdas, carlistas y liberales, rojos y azules, viejos y jóvenes. Nunca más que ahora he podido palpar que de esta crisis pueden salir soluciones duraderas, integradoras, nuevas, para nuestra nación: el problema no pueden ser Podemos y las ambiciones de Pablo Iglesias, ni el PSOE y las de Sánchez, ni Rajoy y su presunta voluntad de permanencia en medio del tiroteo y de los escándalos. No pueden, insisto, ser el problema, sino parte de la solución.
Ignoro, claro está, cuál es el mensaje concreto que el Rey está dirigiendo estos días a sus interlocutores de cara a los intentos de llegar a una investidura con posibilidades de que de ahí salga un Gobierno de cierta estabilidad; pero estoy seguro de que muchos de los grandes principios que invoque el Monarca deberían ser asimilados, porque están siendo olvidados, por estos dirigentes que tan poco están contribuyendo estos días a la credibilidad de los ciudadanos en eso que ha dado en llamarse clase política.

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