Siete días trepidantes – Demasiados silencios en el discurso de Pedro Sánchez.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

El comité federal del PSOE celebrado este sábado acaparaba el interés político como colofón de una semana en la que no ha faltado casi de nada, incluyendo la confirmación de que la hermana del Rey sí tendrá que sentarse en el banquillo para ser juzgada. Y entonces, con casi dos horas de retraso sobre el horario previsto, a las once de la mañana de este sábado, Pedro Sánchez salió ante los dirigentes de su partido para comenzar lanzando un duro «Rajoy, abandona toda esperanza porque el PSOE no va a indultarte». Más claro, agua. Pero no estuvo, me temo, tan claro en otras cuestiones también relacionadas con los pactos que quiere abordar.
Seguro que el discurso de Pedro Sánchez inaugurando la sesión del comité federal del PSOE y cerrando una semana política de particular intensidad ha sido un clavo más en el ataúd de Mariano Rajoy. Por si al presidente en funciones le hiciera falta un clavo más, tras el estallido «oficial» ahora –ya se sabía desde meses atrás– del nuevo escándalo de corrupción en el PP valenciano. O tras el desconcierto, patente tras su inicial renuncia a la investidura, entre los dirigentes «populares», que apenas han hecho otra cosa que ofrecer al PSOE estabilidad en los gobiernos autonómicos y municipales que ahora controlan los socialistas gracias a sus pactos con Podemos; pero no han hecho una oferta programática que hiciese que el equipo de Sánchez tuviese que elaborar un poco más su «no a todo» lo que proviene del Partido Popular. Abandonemos, pues, toda esperanza de que algo semejante a una «gran coalición», con los perfiles que se quiera –hasta alguna sugerencia hubo para que fuese Albert Rivera quien, transitoriamente, presidiera el Gobierno–, saque a España del marasmo. Ahora solo –solo, Dios mío– queda saber cómo saldrá nuestro país del caos político en el que se halla inmerso.
Cierto que el tiempo de Rajoy parece amortizado, y seguramente lo merece, aunque haya tenido aciertos que, desde luego, Sánchez no parecía querer reconocerle. No sé si ocurre lo mismo, que está amortizado, con un PP que, perdiendo un montón de votos en relación con 2011, ganó, sin embargo, las elecciones del pasado 20 de diciembre, cinco semanas hace ya. El propio Sánchez admitió que el PP no es, como un todo, un partido corrupto, quizá limitando a Rajoy y su entorno las responsabilidades. Y la verdad es que ninguna de las propuestas de futuro que Sánchez repitió ayer ante el Comité Federal como su oferta programática será fácil de llevar adelante, especialmente la reforma constitucional, sin contar con el PP. Esa es la primera incertidumbre que nos dejó en el aire el discurso del hombre sobre el que ahora pivota la estabilidad futura del país.
La segunda, para mí, fue el pasar de puntillas sobre la «oferta» que hace poco más de una semana lanzó Pablo Iglesias «urbi et orbi» a Sánchez –sin hablar antes con él, claro está– y, de paso, al mundo mundial, ofreciéndose como vicepresidente del Gobierno y ofreciendo, de paso, a cinco de los suyos como ministros. No había «programa, programa, programa» en esta particular pirueta del audaz líder de Podemos, y tampoco hubo más respuesta por parte de Sánchez este sábado que asegurar que él no quiere hablar de «sillones», sino de ese anguitiano «programa, programa, programa» de ocho puntos que él sí desgranó ante los suyos, que por cierto le aplaudieron bastante: no parecía haber demasiada tensión en el comité federal, pero vaya usted a saber qué ocurrirá en los días que vienen, cuando el Rey encargue a Sánchez que vaya a la investidura… si consigue los acuerdos necesarios para ello.
Y eso es lo peor: que Sánchez no empleó la palabra «Podemos» en su por otra parte bastante breve discurso ante el Comité. Ni una alusión a Pablo Iglesias entre tantas menciones contra Rajoy. Ni se refirió a esas «líneas rojas», que exigen a los de Pablo Iglesias que abandonen toda esperanza –¿o no?– de mantener en su programa la celebración de un referéndum sobre la secesión de Cataluña. Ni a la necesidad de contar con una cierta complicidad, para lograr la investidura, de las fuerzas nacionalistas y de los separatistas de Esquerra Republicana de Catalunya.
Tendió Sánchez, para lograr su investidura –dijo que él no está en la política por los sillones, y se mostró irritado contra quienes, medios incluidos, tal cosa sugieren–, la mano a «derecha e izquierda». No detalló qué derecha (¿Ciudadanos? Porque al PP le envió, sin más, a la oposición), ni cuál izquierda, y en qué condiciones, recibirán esa mano tendida. Creo que el momento político del país exige mucha más concreción y muchas menos ambigüedades.
Quizá Sánchez no pudo, ante su Comité, bastante enfadado con la «arrogancia» exhibida por Pablo Iglesias, concretar más. Probablemente tampoco quiso hacerlo: ahora no conviene comenzar con los detalles, que es donde dicen que reside la madre de los conflictos. Lo cual hace que aún tengamos que seguir interrogándonos sobre lo que nos espera a los españoles en el futuro inmediato. Así que eso: a seguir esperando…

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