Al margen – La que se va, pero se queda


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

Ni es la primera vez que se va, ni la primera que se va sin irse, pero con tanta reiteración en la misma jugada, los rivales, que a éstas alturas es casi todo el mundo, ya no se desconciertan y pasan de ella. La prueba de que el truco de irse sin irse ya no le funciona, por viejo y gastado, a Esperanza Aguirre, es que diez de cada diez analistas políticos tardaron dos minutos en averiguar que lo que pretende no es irse ella, sino que se vaya Rajoy, su bestia negra. A nueve de cada diez analistas, de los dos minutos, les sobró uno.
Hay una patología que se llama «afán de protagonismo» que en España, donde nadie escucha a nadie ni repara en nadie, afecta a muchísima gente, pero no todo el mundo consigue dar la brasa con ello como Esperanza Aguirre. Protagonista como ha sido y es de una buena porción de cosas, desde accidentes de helicóptero a reyertas con guardias urbanos, pasando por lo principal, su regiduría de gobiernos autonómicos particularmente corruptos, su «afán de protagonismo» ha sido y es infinitamente mayor que su protagonismo, siendo éste tan enorme como queda dicho. No iba a soportar que últimamente se hablara más de pactos que de ella, y no lo ha soportado y se ha ido un poco, lo justo para seguir quedándose.
Se va pero se queda, seguramente con el propósito de ver pasar el cadáver de su enemigo. Craso error: su enemigo, Rajoy, es como ella, que por eso es su enemigo, y, además, no ha vuelto a subirse a un helicóptero desde que acabó tan malamente el último viaje que hicieron juntos. Pero es que, encima, Aguirre se va ésta vez de un sitio que ya casi no existe, la dirección del PP madrileño, pero se queda en el que sí existe, el Ayuntamiento de Madrid, y como lideresa de la oposición. Si hubiera querido irse por su «responsabilidad política» en el fichaje de tanto golfo, habría dejado su cargo público en el Ayuntamiento, y no el ya amortizado e imposible puesto en la empresa privada que tiene su sede en la calle Génova.
Así es Aguirre, el verso suelto del PP, ese verso que, como cansino estribillo, se repite tras cada estrofa, sin acabar de irse.

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