Siete días trepidantes – El sacrificio de Mariano Rajoy.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Hay quien asegura que, cuanto más se le pida a un político que se marche, menos prisa se dará en marcharse: acaso testarudez disfrazada de firmeza, quién sabe. Es, probablemente, el caso de Mariano Rajoy, a quien su grupo parlamentario aplaude, al que no pocos comentaristas le alaban los discursos en la sesión de investidura, que cuenta en su haber -bueno, en el de su partido_ haber logrado siete millones y un pico largo de votos, que son muchos más de los conseguidos por los socialistas. Uno entiende que Rajoy se diga a sí mismo, y a los demás, que por qué no dimiten otros, especialmente su aborrecido Pedro Sánchez, que al fin y al cabo es quien se ha empecinado en no hablar «no, nunca, jamás», con el Partido Popular y que se ha sentido -hasta ahora_ candidato por derecho divino a ocupar el sillón de La Moncloa tras haber logrado los peores resultados en la historia del PSOE. «Por mucho menos que eso dimitieron Almunia y Pérez Rubalcaba, para no citar otros casos europeos, como Ed Milliband», te dicen ámbitos monclovitas y de la sede de Génova en cuanto preguntas. Claro, «a priori» tienen razón. Y, sin embargo…
Y, sin embargo, Rajoy, que ha tenido una meritoria trayectoria en la gestión económica de esta Legislatura pasada, que ha introducido un cierto equilibrio y bastante sentido común en la gobernación de estos últimos cuatro años, que encabeza un partido leal y unido, que vertebra territorialmente a gran parte de España, debe, a mi entender, marcharse. Se lo están pidiendo, me consta, desde muchos ámbitos (no solo algunos, bastantes, comentaristas, desde luego), aunque en su partido, donde una cosa es lo que se susurra y otra lo que se dice ante los micrófonos, nadie se atreva a decírselo a la cara. «Márchate, Mariano, porque eres el tapón». Claro, Pedro Sánchez también lo es, responden los más acérrimos «marianistas». Y ambas cosas son verdad: quedó patente en la bochornosa sesión parlamentaria con la que se cerró el viernes el intento de investir, sin la más mínima posibilidad de hacerlo, a Pedro Sánchez como sucesor de Rajoy al frente de la Presidencia del Gobierno. Mejor olvidarla, desde luego.
Pero a Sánchez, el osado, le cabe la hazaña de haberse presentado, al menos, a la investidura, habiendo conseguido una alianza con Ciudadanos, que representa una opción de centro, como se demuestra en el hecho de que unos digan que Rivera es de derechas y otros que es de izquierdas: le pasa como a esos periodistas indómitos e incómodos a los que en el PP acusan de estar «vendidos» al PSOE, en el PSOE, de ser voceros oficiosos del PP y en ambos de estar algo influidos por Podemos. Sí, sí, por Podemos, ese partido -qué bochorno de sesión, por Dios- del portavoz del beso, ya saben ustedes.
El caso es que Rajoy, que es un hombre honrado rodeado de corrupciones, que no es ambicioso pero le obligan a serlo, y que me parece que merece bastante reconocimiento por una trayectoria en general positiva, ha cometido algunos serios errores. Su lejanía de la gente y ser refractario a los cambios, el primero. No haber celebrado antes las elecciones generales, el segundo. No haber aceptado la investidura y haber sido, por tanto, el primero en negociar con Ciudadanos -que lo hubiese aceptado-, el tercero. Tampoco hubiese logrado la investidura, pero, rechazando la invitación del Rey, dejó la iniciativa a Sánchez, quien, durante un mes, ha pedaleado al frente del pelotón con algo semejante a un maillot amarillo. Lo malo es que nadie, ni Sánchez, sabía hacia qué despeñadero se dirigía la carrera ciclista. Y esos errores, cuando las cosas no salen lo suficientemente bien en las elecciones, pasan factura. A Rajoy, que en sus entrevistas periodísticas de este lunes insistirá muy probablemente en que se queda, faltaría más -es previsible, ya saben-, y en que lo ha hecho muy bien, que ha sacado un millón setecientos mil votos a su más inmediato competidor y todo eso que ya ha repetido un millar de veces, le toca hacer el sacrificio y marcharse. Por la puerta bastante grande aún: se irá achicando esa salida a medida que prolongue la agonía de quedarse aferrado a un sillón que dicen que ya hace tiempo que no apetece y en el que se queda porque, aseguran sus próximos y ciertos exégetas, cree que es su deber.
Ha pasado su tiempo. Quizá con otro u otra -ya se dan nombres de sucesores en la presidencia del PP y de la candidatura «popular» como antes se hacían quinielas de «ministrables»_ el acuerdo para la «gran coalición» con PSOE y Ciudadanos aún sea posible. No quedaría otro remedio para evitar la repetición de las elecciones, que paradójicamente todos dicen no desear. Esa «gran coalición» es ya un cambio muy notable con respecto a lo que tenemos y quizá algún día Pedro Sánchez abandonará su obstinada, a mi juicio poco razonable, negativa a formar parte sustancial de ella, con un PP remozado -tiene que remozarse urgentemente_ y un Ciudadanos consciente de su peso real, que es bastante menos del que Rivera se atribuye a sí mismo: los escaños son los escaños, por lo que esa coalición tendrá que estar encabezada, en eso Rajoy tiene razón, por el PP, aunque no necesariamente por él; o, más bien, necesariamente no por él.
Quedan menos de dos meses para que Rajoy dé ese paso, para que el PP pinte la fachada y arregle cañerías. Para que Sánchez se caiga del caballo y vea otras luces, o para que los suyos le desmonten de la jaca y se las hagan ver: ¿no se da cuenta de que tiene la posibilidad de imponer su propio programa, un reformismo sustancial y hasta un sustituto para Rajoy si acepta abrir ahora una negociación con los «populares»?. Menos de dos meses para que Podemos encuentre su sitio como oposición seria y necesaria y se deje de piruetas que a veces rozan el teatro del absurdo. Para que Rivera consolide su labor de bisagra, que ya sabemos que no le gusta -todos quisieran ser presidente del Gobierno o al menos vicepresidente con mucho mando en plaza, pero…-. Para que Cataluña entre en un proceso de raciocinio. Para que el PNV se rearme frente a la amenaza electoral que supone Arnaldo Otegi -que sí, se presentará a las autonómicas de octubre al frente de Bildu, ya lo veremos-. Para tranquilizar a los inversores del mundo mundial y a los eurócratas de la UE, comenzando por Merkel y Juncker, que ya han hecho llegar a donde corresponde sus inquietudes sobre el «caso español». Y para permitir al Rey, que es un gran rey, ejercer sus buenos oficios, aunque no faltarán quienes intenten, haga lo que haga ante los vacíos que deja el malhadado artículo 99 de la Constitución, lapidarle. Menudo panorama como para andar perdiendo tiempo y preocupándose de la salud del propio partido y de la propia imagen, de que si derechas o izquierdas.
Pues sí, hay que advertirlo; queda ya mucho menos tiempo para arreglar este bloqueo político, tan peligroso, en el que nos han metido, que el que ha transcurrido, perdido en dimes, diretes, juegos de patio de colegio, ambiciones y miopías, desde que se celebraron las elecciones aquel 20 de diciembre, recuerda usted…

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