No te va a gustar – Esto es desesperante…


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Los medios de comunicación españoles, y ya no solamente los españoles, las voces procedentes de instituciones, empresas y sociedad civil, son ya un clamor: los partidos políticos de España han de ponerse de acuerdo de manera urgente por el bien del país. La situación, no sé si económicamente -hay opiniones para todos los gustos: incluso quien dice, insensatamente, que para qué nos hace falta un Gobierno–, pero sí anímicamente, no admite más demoras. Nunca el desprestigio de eso que se ha llamado «clase política» y que algunos regresan a llamar «casta», fue tan grande, y mira que ya es decir. Y lo peor es que abarca a todos los partidos, incluyendo a alguno que creyó, y a algunos les hizo creer, que llegaba para regenerarlo todo tras años de corrupción, alejamiento de la gente de la calle y aprovechamiento en beneficio propio de los cargos públicos del «bipartidismo».
Entiendo que ese clamor no pasa en absoluto por reivindicar fórmulas de derecha o de izquierda. Tan absurdo es pensar que preferir la gran coalición PP-PSOE-Ciudadanos es derechizar el país (¿?) como creer que un pacto del PSOE con Podemos y otras fuerzas, alguna independentista, tiene que ver con auténticas fórmulas de izquierda. El pacto entre las dos principales fuerzas políticas sería ya un cambio significativo sobre lo que hay, y más si a ese pacto se une la formación «naranja» de Albert Rivera. El acuerdo ya suscrito entre PSOE y Ciudadanos significa un avance, tímido a mi juicio, pero avance al fin, sobre los postulados de los programas electorales con los que «populares», socialistas y C»s concurrieron a las urnas.
Pedro Sánchez debe entender que, en su actual posicionamiento del «no, nunca» a pactar con «la derecha corrupta», jamás llegará a La Moncloa. Mariano Rajoy ha de comprender que negociar no quiere decir «que todo siga igual, porque lo hemos hecho muy bien». Si ninguno de los dos puede llegar a un acuerdo con los otros para evitar la repetición de las elecciones, ambos deben dejar paso a gente nueva en sus propios partidos: seguro que otros/as sí pueden llegar a acuerdos estables. Se impone un relevo de rostros, de ideas y hasta de propuestas que, incluso, vayan más allá de esas doscientas para un «Gobierno de progreso» que presentaron PSOE y Ciudadanos en la desastrosa sesión de investidura.
No sé cuánto piensa «ellos» que puede seguir aguantando la ciudadanía una situación que, en el fondo, va paralizando muchas cosas en el país y acelerando las tentaciones de descomposición territorial; quien ejerza el próximo Gobierno va a tener bastantes dificultades añadidas, porque ni Puigdemont en Cataluña, ni Bildu en Euskadi, ni los eurócratas de la UE, ni los potenciales inversores chinos, por poner apenas unos ejemplos, van a aguardar para poner las cosas más fáciles a quien venga, sino todo lo contrario. Ni creo que el Rey, máximo representante de las instituciones y del Estado, esté ahí para aguardar pacientemente, como le condena la Constitución vigente, a que el primer ambicioso de poder que pase por allí se proponga como candidato sin posibilidades de serlo.
Ya no se puede seguir así, y no me parece tolerable que, como hicieron este lunes en sus entrevistas periodísticas, Sánchez y Rajoy sigan manteniendo las mismas posiciones que ya se estrellaron en la escollera en la pasada sesión de investidura, una sesión que por muchas razones preferiría olvidar. Sánchez, que consultó a la militancia los pactos a los que actualmente ha llegado -aunque quién sabe lo que cada cual contestó a la vaga y descomprometida pregunta–, ya no puede pactar con Podemos, y si lo hiciera, traicionando el acuerdo al que ha llegado con Ciudadanos y con su propia militancia, el escándalo sería mayúsculo. De la misma manera, Rajoy tiene que entender que no puede afianzarse en La Moncloa, aunque los votos conseguidos el pasado 20 de diciembre le hagan, teóricamente, el más idóneo para seguir en el puesto: estos ya no son sus tiempos, y gente bastante hay en el PP para reemplazarle en su relativamente meritoria labor. Y en cuanto al «emergente» Pablo Iglesias, qué decir: tiene que dar un giro copernicano a su política frívola, de saltimbanqui, para cumplir el mandato de sus electores, que por cierto son muchos, y canalizar desde la oposición el descontento de mucha gente con la política del bipartido.
Han olvidado que les elegimos y pagamos no para que se miren el ombligo, ni para que creen problemas a los que luego dicen que ellos son la solución, ni para que interpreten en su beneficio el sentido de los votos que un día, hace ya setenta y cinco, depositamos en una urna. Pagamos y elegimos a nuestros representantes para que mejoren el país, no para que lo empeoren; para que el acuerdo sea la base sustancial de la marcha política, no la guerra y la descalificación permanentes. No, nunca, jamás, vi una clase política como esta, y mira que llevo años viendo desfilar políticos que transitan de la gloria al olvido. Tienen ahora la ocasión de dejar eterna memoria de sí en el lado positivo; si continúan como hasta ahora, timoratos ante la hipótesis de dar pasos adelante que rompan con los esquemas de siempre, la Historia les reserva sus peores páginas, las dedicadas a quienes, pudiendo hacer las cosas bien, lo hicieron todo mal. Y encima, a conciencia.

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