Francisco Muro de Iscar – La punta del iceberg y el iceberg entero


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Unas horas antes de que la Unión Europa tomara uno de los acuerdos más indignos de su historia -expulsar a Turquía a todos los inmigrantes y solicitantes de asilo, huyan o no de conflictos o persecución-, el escritor italiano Andrea Camilleri hacía un diagnóstico certero de la realidad: «lo que ocurre es la punta del iceberg y estamos destinados a tener todo el iceberg. Esta es una emigración bíblica. Europa ha permanecido sorda y se arriesga a disgregarse, a romperse, a desaparecer. Si empezamos a cerrar fronteras, ¿qué es lo que nos une? ¿El euro? Una Europa sin ideales no es Europa. La desesperación, el miedo y el instinto de supervivencia son más fuertes que las barreras».
Los peores augurios se han cumplido. Europa no ha sido capaz ni siquiera de cumplir sus compromisos y ha tirado los derechos humanos por la taza del wáter. Y luego ha tirado de la cisterna. Alemania, la única que ha resistido las presiones y que ha acogido en su territorio a cientos de miles de inmigrantes, también ha cedido a las presiones más ultras porque la popularidad de Merkel caía día a día por tratar de ser fiel a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, esa que nos convirtió, de verdad, en personas capaces mirar a los seres humanos como iguales a nosotros, independientemente de su raza, su religión, su riqueza o su pobreza.
«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Europa ha tirado a la basura el artículo 1 de esa Declaración y la Convención de Ginebra y todos los tratados internacionales que sus líderes, contentos y satisfechos ahora, habían firmado. «Todo el bagaje jurídico que hace de la Unión un bastión de los derechos Humanos se viene abajo», ha dicho la Abogacía española. «Europa ha aparcado sus valores», titulan los medios. «Es inhumano», dicen las ONGs. A Europa no le importa. Y a muchos de sus ciudadanos, tampoco. Prefieren no ver el problema, ignorar que existe, aunque como decía Camilleri, el iceberg entero se nos vendrá encima. ¿Alguien duda de que Turquía, un día, abrirá sus fronteras de golpe si no recibe más y más dinero? ¿O que esos millones de refugiados no podrán aguantar más sin entrar en la tierra prometida?

A España han llegado hasta ahora 18 refugiados y parece que el Gobierno se ha comprometido a recibir a otros 450. Nada de los 17.000 comprometidos. El contrapunto lo pone Canadá. En 2016 acogerá a 305.000 nuevos residentes, fundamentalmente inmigrantes económicos y refugiados. El contraste hace mayor nuestra indignidad. Pero el Gobierno no es el único responsable. ¿Dónde está la izquierda, especialmente la que criticaba «la casta» y que cambia silencio por sillones? ¿Dónde está la Iglesia católica ante este drama? ¿Dónde están los valores de la solidaridad? «Europa, dice Gervasio Sánchez, ha perdido su prestigio como continente capaz de poner fin al sufrimiento humano». Europa ha perdido la dignidad y cada uno de nosotros somos responsables de ello. Aunque sea por omisión del deber de socorro.

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