Fernando Jáuregui – El Parlamento, esa gran sala de prensa


MADRID, 11 (OTR/PRESS)

Aseguran, aunque sospecho -quiero sospechar– que habrá rectificaciones, que el presidente Rajoy no quiere ir al Congreso a explicar lo ocurrido en la última «cumbre» de la UE, en la que se llegó a un acuerdo con Turquía para que este país extra-comunitario acoja a los refugiados que llegan a Europa. Este acuerdo ha suscitado una muy viva controversia en el seno de los «veintiocho», por razones tanto morales como económicas y estratégicas. No es, en cualquier caso, un asunto baladí, que pueda y deba ser despachado así, sin más, sin consultarlo con las fuerzas políticas de la nación, por mucho que el Gobierno se halle en funciones.
El Parlamento, que es la pieza maestra de una democracia, no puede ni debe quedarse en una situación de «en funciones». Asistimos ahora a un serio debate, que no ha llegado a los titulares, acerca de si, aunque el Ejecutivo esté a la expectativa de destino, el Legislativo debe también quedar como «suspendido», a la espera de que se forme por fin un Gobierno o se convoquen nuevas elecciones. Mientras, el Parlamento español se reduce casi a ser una inmensa sala de prensa, donde los líderes de las fuerzas parlamentarias se encuentran con los periodistas para hablarles de sus interminables, y efímeras, reuniones en busca de acuerdos para una investidura.
Creo que Rajoy debe meditar sobre su negativa a informar acerca de lo que ocurrió en el reciente Consejo Europeo que aprobó los acuerdos con Turquía, y, de paso, explicar cuál es la posición que el Gobierno español planteará en la próxima «cumbre» de la UE del día 17. De la misma manera que me parece que el Congreso y el Senado no pueden abdicar de sus funciones de control parlamentario al Ejecutivo, por muy en funciones que este Ejecutivo se encuentre: sería tanto como dejar en suspenso la democracia, a la espera de que las fuerzas políticas tengan a bien llegar a los acuerdos que pide a gritos la ciudadanía.
Que, desde una columna de opinión como esta, haya aún que reivindicar que el papel del Parlamento, precisamente en una situación tan peculiar y delicada como por la que atravesamos, es esencial, me parece que es algo sintomático del estado moral por el que atraviesa la política española. Encogerse de hombros, renunciar a tener una voz como nación en un concierto europeo en el que cada vez manda un núcleo más reducido de personas, me da la impresión de que puede llegar a tener muy graves consecuencias. Los españoles, y sospecho que otros muchos ciudadanos europeos, nos estamos convirtiendo en meros espectadores, desde la distancia, de lo que deciden, en solitario y sin consultarlo con nadie más allá de su almohada, la Merkel o el Draghi de turno. Pero, al menos, los demás europeos no abdican de su derecho a expresar la opinión de sus representantes en los respectivos parlamentos. Aquí, por lo visto, ni eso.

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