Fernando Jáuregui – El humo, acaso purificador, de la «cremá»


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Las fiestas populares españolas llevan aparejada ocasionalmente una cierta crítica, digamos que risueña, incluso respetuosa -no conviene pasarse– a sus políticos. Las chirigotas y los carnavales suelen ser una buena oportunidad para lanzar algunas pullas, que quedan en eso: en la chacota -verdad, Kichi–, en el disfraz enmascarado. O las Fallas, en las que de cuando en cuando «arde» algún político al que el artista fallero representa de manera algo tosca, como con miedo a profundizar en el ataque a sus deméritos. Sí, en las próximas horas arderán en Valencia algunos políticos, y quizá eso sirva para perpetuar en su inacción, en los errores y dislates, a la figura de carne y hueso: la gracieta ya se consumó y se hizo humo, luego vamos al plato y las tajadas.
Claro que no digo yo que toda una clase política, que se está hartando de ofrecernos un ejemplo lamentable, incubado durante años, deba arder, ni siquiera de una manera figurada, sonriente, en la pira purificadora de esas fiestas españolas que se nos centran en el fuego. Por no querer, fíjese, ni siquiera quiero que perdure esa falta de respeto permanente que anida en algunas redes sociales contra quienes encarnan nuestra representación: estoy en contra de cualquier forma de lapidación, uso al que tan aficionadas son algunas turbas cuando se amparan en el anonimato y se concentran ante algún imputado que entra en la pena del paseíllo en un Juzgado.
Por el contrario, me parece que es obligación de la ciudadanía, de la sociedad civil, encumbrar a sus representantes hasta las más altas cimas de respetabilidad ejemplar. Lo que ocurre es que esos representantes han de cooperar a la hora de cimentar esa respetabilidad. Y le voy a ofrecer a usted algunos, demasiados, ejemplos que entresaco de las notas sobre la mesa de cualquier cronista, sobre la mía, por ejemplo, para demostrar que esa ejemplaridad, por el momento, anda un tanto lejana.
España ha entrado en un conflicto institucional sin precedentes, propiciado por los «agujeros» de una Constitución que por fin aparece, como el Rey del cuento, desnuda en sus patentes agujeros, olvidos y fallos: ¿cómo afrontar unas nuevas elecciones con esta ley fundamental y con la normativa electoral aneja, o con los actuales reglamentos del Congreso y del Senado? Esta está siendo la consecuencia más patente de esta etapa de desgobierno: que la Constitución se muestra incapaz de solventar las graves carencias que propicia la situación política. Mientras el Parlament catalán desobedece lo que dice el Tribunal Constitucional, el «ministro» de Economía de la Generalitat viene a Madrid a pedir/exigir un dinero a ese Estado del que se quiere separar, del que, piensa el señor Junqueras, ya ha comenzado a separarse; pero eso es una cosa y la pela, otra. Ah, y, entretanto, el «hereu» del hombre que empezó a cimentar este intento independentista, a un paso de la cárcel, por ladrón, como suena.
Claro, el conflicto institucional afecta, como es obligado y su nombre indica, a las instituciones. Y entonces el jefe del Gobierno (en funciones) se niega a comparecer en sesión de control del Parlamento alguna, como si el Legislativo también estuviese en funciones, mientras el presidente de la Cámara Baja amenaza con llevar al Ejecutivo ante los tribunales, ante los perplejos ojos de una ciudadanía que creía vivir en un Estado sólidamente democrático. Ese mismo día, el jefe del Gobierno y de la oposición viajan a Bruselas, a encontrarse el uno con sus colegas, los primeros ministros de la UE (que esos sí que no están en funciones) y el segundo con los líderes socialistas europeos, entre ellos el «premier» griego Tsipras ¡a quien le pide ayuda para que convenza al líder de Podemos, Pablo Iglesias para que pacte con él una investidura! (¡!). Menos mal que el Gobierno heleno, en un rapto de sensatez, respondió oficialmente que ellos no se «injieren» en los asuntos internos de otros países. Más pasmo en la ciudadanía, un pasmo que relega a segundo término en los titulares lo que de verdad importante ocurre en el seno de la Eurocracia: qué hacer, que no parezca excesivamente egoísta y cruel, con esos cientos de miles de desheredados de la fortuna que llegan a la aún tierra de promisión europea. Dieciocho mil fue el número de los refugiados a los que se comprometió a acoger España; diecinueve han sido los que de verdad se han acomodado aquí, en esta casa nuestra.
Así, tenemos a un Gobierno autista, en funciones y sin funcionar, y a una oposición en franco galope hacia una decena de abismos, incluyendo, por supuesto, a esa fosa que se cavan las disensiones en Podemos, una formación que requerirá cursos enteros de estudio en las mismas facultades de Políticas en las que la formación se gestó; será algún día no lejano, cuando esa formación morada haya alcanzado sus merecidas dimensiones, sus límites y parámetros ideológicos adecuados, confiemos en que no tras un pacto forzado ahora, contra natura, con un socialismo histórico que no debería caer en lo histérico.
Bueno, y luego tenemos, en el bloc de apuntes, las noticias «menores»: dicen que el Euskadi renacen algunas formas de kale borroka -no auspiciada, por cierto, por Bildu, que aguarda su oportunidad para desbancar electoralmente al PNV, quizá en connivencia con una parte de Podemos–. Ignacio González, nada menos que ex presidente de la Comunidad madrileña, dice que la investigación de su ático es una «causa general», y Rita Barberá, nada menos que ex alcaldesa de esa Valencia fallera, lidera la «rebelión de los concejales» valencianos. Una parlamentaria autonómica de Ciudadanos, que por cierto parece ser la única formación que mantiene ahora la cabeza fría, dimite porque la relacionan con, puaf, «la Púnica». Un penúltimo apunte sacado de mis notas más pesimistas: los españoles en el exterior ya son dos millones y medio, incluyendo, anoto, a mis propias hijas, huidas en busca de mejores oportunidades que aquí no encontraron. Y la última: leo un comentario demente que asegura que no hay que dramatizar, que al fin y al cabo mire usted lo que está pasando en Brasil, o que en Estados Unidos Trump podría ser presidente; oiga, yo no quiero compararme con lo peor, faltaría más.
En fin… Ojalá una cremá de crítica benéfica, entre risas y copas festivas, pudiera purificar este ambiente. Sería, claro, demasiado fácil: que el humo del jolgorio anegase nuestros ojos, tristes por lo que vemos cada día. Me parece que tendremos, en orden a regeneración, que pasar una larga, dura, travesía del desierto. Ya estamos, ay, en ello, desde luego.

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