Siete días trepidantes – 14″5 millones: la procesión va por fuera.


Catorce millones y medio de desplazamientos se esperan oficialmente esta Semana Santa. Los hoteles, a tope, los restaurantes más o menos lo mismo, las carreteras ya se sabe, el AVE sin plazas. Todos huyen, huimos, en la medida de sus/nuestras posibilidades. Una huida del hartazgo, del aburrimiento ante la mediocridad, me parece, y hablo, claro, por mí.
Lo comentaba hace un par de días con unos amigos: las panaderías siguen abriendo, los niños van al colegio, las buenas gentes van a las procesiones como un reclamo cada año quizá más folclórico, pero que no decae. Así que olvidemos que no hay Gobierno -cada hora que pasa hay menos Gobierno_ y que la oposición anda como trastocada -cada hora más trastocada-. Olvidemos lo de Cataluña o, mejor, vayamos allí a pasar las minivacaciones, que ya se ve que andan necesitando ingresos y vienen a pedírselos a Montoro. O quedémonos en Valencia, al calor de la «cremá», este año con Rita Barberá de protagonista seguramente involuntaria. O viajemos a la Galicia conmocionada por lo de Gómez Besteiro, o a Andalucía. En fin, ya me dirán en qué parte de este país nuestro no se cuecen habas.
O sea, que estamos -14″5 millones– ante la normalidad dentro de la anormalidad que nos cerca. La anormalidad que «ellos» nos imponen con sus demoras: ya hablaremos, ya intentaremos pactar después de las vacaciones, que las vacaciones no se perdonan, qué carallo. Siempre, en estos casos, resulta obligado recordar a quienes no pueden irse de vacaciones, porque no hay vacación cuando la inactividad forzada te atenaza, cuando no puedes pagártelas ni siquiera acudiendo a casa de los abuelos en el pueblo, allí donde, rara avis, no se cuecen habas. Lo habitual: las dos Españas que te dejan el corazón entre helado y trasplantado, acongojado por las desigualdades -14″5 millones versus otros cuantos millones de no-desplazamientos– y por las inepcias de quienes dicen, vaya usted a saber por qué, representarnos.
Así que uno acaba resignándose a que, tal vez tras las vacaciones, Mariano llame a Pedro, total para que Pedro le dé con la puerta en las narices, mientras tiende una mano imposible a esa formación no menos inconcebible, cada vez más inconcebible, que es Podemos. Tras las vacaciones -son cortas, al fin y al cabo_ comenzará el trote hacia unas cada vez más inevitables elecciones en junio y luego, una vez que se pase la Feria de Abril, iremos al galope hacia esa demostración de que toda una clase política ha fracasado, y encima pensando que quienes hemos fracasado hemos sido los votantes, por no votar lo que ellos -cada uno en su bola_ habían determinado en sus planes para nosotros, los súbditos. De manera que, para el puente de mayo florido, ya es probable que ese fracaso esté sentenciado, salvo que Dios, que no parece estar de nuestro lado en esto, y «ellos» -a los que usted y yo tampoco parecemos importarles demasiado-, lo impidan. Que va a ser que no. Menudo futuro.
Bueno, pues eso: que volverán los oscuros nazarenos al redoble de tambores precediendo a los pasos oscilantes, como cada año. Las procesiones, en este país nuestro, nunca van por dentro, sino que se conciben para ir por fuera, demostrando el viejo talante falsamente penitencial. Un paréntesis antes del regreso a la gran batalla, que, cuando despertemos los catorce millones y medio y los otros, seguirá ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Esto no es un adiós, sino un «hasta ahora mismo». Y cargando con lo mismo y con los mismos. Eso: menudo futuro.

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