AL margen – La otra Rita


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

El maniqueismo, esa rusticidad del pensamiento, hace estragos en las seseras de los españoles, o, como diría Podemos, de «la gente». De toda la vida, entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo siniestro, el todo y la nada, el blanco y el negro, lo diabólico y lo angelical, los españoles hemos percibido poca cosa, escasa graduación, ningún intermedio, apenas colores, pero desde que las tertulias de los medios se erigieron en modelo y escuela de la opinión, esa rusticidad se ha exacerbado hasta el punto de considerar a Rita Maestre, la otra Rita, o una terrorista o una mártir de la libertad de expresión. ¿No hay nadie que vea que la muchacha no es ninguna de las dos cosas?

Se comprende que en un país donde nadie escucha a nadie, tan poco dotado para el arte de la conversación y para el debate sereno, se llame «tertulia» al guirigay resultante de la elección de unos actores maniqueos y sectarios que en ninguna circunstancia y bajo ningún concepto concuerden en nada, pues tal elección es la garantía del espectáculo que se persigue. Eso se comprende, pero no tanto como para celebrar que el resultado acabe siendo, indefectiblemente, ninguno. El caso de Rita, de Rita Maestre, es paradigmático: los unos no consienten que un gamberrada de pésimo gusto, propia de niños pijos en su modalidad pseudo-revolucionaria, quede sin una punición ejemplar, del tipo, casi, de las que se aplican a los delitos de terrorismo; los otros, por el contrario absolutamente, dicen no ver falta alguna en la irrupción de una chusma vociferante en un lugar de culto religioso, e invocan la libertad de expresión. Unos y otros, en puridad, más simples no pueden ser.
Rita Maestre, la otra Rita, que siempre va en cuadrilla y amparándose en ella cual es consustancial a los de su partido, erró en su protesta contra la utilización de espacios universitarios para el culto, que debería haber dirigido a las instancias pertinentes y no, en sujetador y profiriendo burradas a voz en grito, a los estudiantes que oraban en la capilla del campus. Que le haya caído un multazo no parece ni aberrante, ni persecutorio, ni nada que no pueda arreglar el recurso judicial interpuesto. Y ya está. En una república ordenada vale todo porque no vale todo, porque las personas, que no «la gente» en formación de cuatro en fondo, sabe lo que vale y lo que no vale en relación al respeto hacia sus semejantes. Lamentablemente, esto no es, ni por asomo, una república ordenada.

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