El Abanico – Envidia de los himnos


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

Llevo una temporada dándole vueltas en la cabeza a algo que nunca antes me había preocupado: la envidia, envidia sana como decían nuestros mayores, a los himnos y banderas de algunos países y sobre todo al respeto que muestran los ciudadanos de esos lugares cuando suena en actos oficiales. Me da igual que se trate de un partido amistoso de fútbol en Paris, de un partido de rugby en el Torneo Seis Naciones en Londres o en Roma o del prólogo a la Superbowl cuando escuchar y ver cantar el himno nacional estadounidense a Lady Gaga me puso los vellos de punta.
Ahora que se adivina en el horizonte otra Eurocopa de fútbol, me vienen imágenes de ocasiones similares en las que el himno español era tarareado de mala manera por los espectadores porque simplemente no tiene letra -no pasa nada por no tenerla- pero sí se merece el mayor de los respetos. Confieso que no he sido nunca de himnos y que la mayoría me suenan a música militar con su ritmo de desfile y los entorchados de sus abanderados pero es el que nos ha tocado lo mismo que la bandera de colores tan vivos que asustan y que algunos han querido hacer más suya que de todos. Pero, insisto, es la que nos ha tocado como país y a estas alturas no vamos a organizar otro concurso para dotar de letra al himno ni cambiar de bandera por mucho que para algunos recuerde al franquismo…. No, dejémoslo así como estás, pero eso sí, eduquemos en el respeto a ambos distintivos a nuestros hijos y nietos. No prometo que me voy a poner la mano en el pecho la próxima vez que suene el himno nacional pero sí que voy a escucharlo con la deferencia que se merece.
Acabo de ver dos películas norteamericanas que me han llamado mucho la atención. «Regreso de un soldado» narra la llegada de soldados muertos en el frente, y cómo un coronel se ofrece a acompañar el féretro de uno de ellos hasta su lejano pueblo natal con varios transbordos de aviones y miles de millas recorridas en furgones. Reconozco que la interpretación de Kevin Bacon me impresionó pero sobre todo lo bien que se recoge la emoción de la gente al ver el ataúd bien en un aeropuerto o simplemente al paso del vehículo que lo transportaba. Me recordaba a un video que me enviaron no hace mucho tiempo en que se producía un episodio similar en la sala de embarque de un aeropuerto ante la llegada de militares que iban o venían del frente.
Pero estos días he visto «El francotirador», interpretado por el macizo Bradley Cooper, película dirigida por Clint Eastwood en la que se ponen de manifiesto muchos de los problemas que rodean y subyacen en las guerras. Cris Kyle un legendario francotirador estadounidense en Irak -hablan de más de 160 muertos en su haber- llevó siempre muy mal el regreso del frente y cuando consiguió sobrellevarlo y «volver» con su familia acabó asesinado por otro veterano desadaptado al que pretendía ayudar. Y como común denominador en ambas películas, me quedan esas ceremonias de despedida que tantas veces hemos contemplado en las películas y que lo reconozco, me producen envidia, sana envidia.

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