Antonio Casado – España no es Islandia


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

En Islandia dimiten y en España se esconden. Esa puede ser la moraleja de la noticia. Menos de cuarenta y ocho horas habían transcurrido desde la difusión de los llamados «papeles de Panamá» (una benéfica operación de salud pública llevada a cabo por un Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación), y la dimisión del primer ministro islandés, Sigmundur David Gunnlaugsson. No le sirvió de nada su intento sobrevenido de disolver la Cámara a la que debe su legitimidad. El presidente de su país, Olafur Ragnar Grimsson, le paró los pies. Y no tuvo más remedio que irse a su casa.
No hay políticos españoles, de momento, entre los papeles de la vergüenza, pero son centenares los implicados en los más diversos casos de corrupción. Es rarísimo en nuestro país un caso donde, como en el referido de Islandia, la relación causa-efecto se produzca de un modo tan fulminante. Y nunca en gobernantes de ámbito nacional.
Aquí se trafica hasta la saciedad con los principios de ejemplaridad y transparencia, que siempre acaban sucumbiendo ante el empuje especulativo de la presunción de inocencia, la captación irregular de pruebas, el derecho de defensa, la insoportable tendencia a procesar las intenciones del mensajero o la consabida conjura del adversario político.
Pero, en fin, a lo que íbamos. En esta ocasión, al menos es buena noticia el silencio de quienes en otras circunstancias hubieran invocado el secreto bancario, la defensa de la privacidad o el «ilegal» asalto informático a los fondos documentales de la firma panameña Mossack-Fonseca. Tal vez les ha paralizado el olor a podrido que desprenden esos cuartos oscuros de la avaricia codificada, el separatismo fiscal, el blanqueo de dinero y la ingeniería financiera.
Con la mirada puesta en el drama de los refugiados, es una buena ocasión para preguntarse por qué el refugio de los capitales es mucho más fácil que el de las personas que huyen de la guerra o del hambre. Y por qué la libertad de movimiento de los capitales no se compadece con la libertad de movimiento de las personas, especialmente las que sufren persecución, en los términos bien descritos en los artículos 13 y 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Son palabras mayores. Prefiero celebrar la benéfica filtración de más de once millones de documentos («ciudades amuralladas que el rico cree inexpugnables», dice el libro de Proverbios) y seguir aplaudiendo a los «chivatos» o héroes anónimos que asaltaron los ordenadores de dicho bufete de abogados.
También hay motivos para sentirse orgullosos de la participación de los periodistas en esta ofensiva contra el ocultamiento de fortunas acumuladas por ciertos personajes públicos. Nada tan ajustado al papel de los medios de comunicación como ventilar ante los ciudadanos la parte del patrimonio que esos personajes, por alguna razón poco santa, se empeñan en esconder.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído