Siete días trepidantes – El hombre (demasiado) tranquilo


MADRID, 9 Abril (OTR/PRESS)

Al menos en este cuarto de hora, todo indica que el gran ganador en el rifirrafe político que tantas aguas ha agitado en la izquierda ha sido el representante de la derecha. El hombre tranquilo, demasiado tranquilo en mi opinión, es quien, con su impasibilidad, con su «dolce far niente», parece el más probable próximo presidente del Gobierno. O sea, que Mariano Rajoy podría, al fin y al cabo, no tener que abandonar su despacho en La Moncloa. Y tiene que agradecérselo, desde luego, a Pablo Iglesias y sus oscilaciones, a la torpeza de Pedro Sánchez, que solo a última hora, parece, comprobó que el líder de Podemos jamás quiso negociar su investidura, y, claro, a Albert Rivera, que siempre fue un «agente», y por cierto no secreto, de la gran coalición, esa que rechazaba, y en algún momento tendrá que aceptar, el Partido Socialista.
Ahora, todo depende de lo que haga Mariano Rajoy. O de lo que, más probablemente, deje de hacer, que es como siempre se ha ganado la supervivencia política en medio de las mayores tormentas. Si Rajoy llama a un Sánchez desarbolado, cada vez más aislado en su partido, y le tiende una mano, quizá el secretario general socialista tendrá que pensarse su «no, nunca, jamás» a un pacto con el PP. Si Rajoy ofrece abrir una puerta -incluso un portillo_ a su propio relevo dentro del PP, aunque no sea a corto plazo, porque ahí está pendiente el congreso de los «populares», es posible que la aproximación de Ciudadanos, cuando la formación naranja está más que harta de su pacto con el PSOE, se haga más evidente y más rápida. Quizá, quizá, aún se puedan evitar las elecciones. O no, que diría el hombre flemático, del que nunca se sabe si sube o baja la escalera. Entre otras razones, porque ni la sube ni la baja: está quieto, mientas el mundo gira a su alrededor.
Lo que ocurre es que Sánchez ha dicho «no» tantas veces a cualquier aproximación al PP que probablemente ya no podría ser él quien dijera «sí» a un pacto en el que los «populares» tendrían que ofrecer algo más que un contrato de adhesión a lo que Rajoy quiera o más bien no quiera reformar. Hay que elogiar algunas cosas en la trayectoria del secretario general del PSOE, entre ellas su arrojo a la hora de lanzarse, con solamente cántaros de proyectos de alianzas, a la investidura, de la misma manera que a Rajoy hay que reprocharle lo contrario; pero no menos verdad es que Pedro Sánchez sale ahora como el gran derrotado, sobre todo por las piruetas de Podemos. Y que su ambición personalista y su cerrazón ante cualquier cosa que oliese a gran coalición pueden ser su tumba política.
La situación en la que la clase política nos ha situado tiene, junto a tantas perversiones, sus cosas buenas: una, que ya no cabe prolongar la inestabilidad que hemos vivido durante ciento doce días; dos, que la opinión pública ha comprobado que Podemos, que también tiene sus aspectos positivos, de ninguna manera es una formación que ahora pueda ejercer tareas de gobierno sobre los españoles; y tres, parece evidente para todos -¿incluso para el «hombre tranquilo»?_ que la vieja política ha muerto, pero que la nueva política no puede ser tan, tan nueva como le hubiera gustado a Pablo Iglesias.
Ahora, a casi cuatro meses de las elecciones del 20-D, la situación, si se repiten los comicios el 26 de junio -que es, con todo, el escenario más probable_ podríamos encontrarnos con una repetición de parte de lo que había: una victoria insuficiente del PP encabezado por Rajoy, que ha sabido mantener una envidiable disciplina interna en su partido; otro descalabro del PSOE, que puede costarle la cabeza a Sánchez; la tormenta interna previsible que se cierne sobre Podemosm y un no menos previsible ascenso de Ciudadanos, que, con el PP -y quizá con el PSOE, si se llega al acuerdo al que, en mi opinión, debería llegarse-, podría alzarse con el Gobierno.
Así que la pelota ya no está en el tejado de Ferraz y ha pasado a estar en el de La Moncloa (ni siquiera en el de la sede de Génova). Ahora, el peculiarísimo habitante principal del palacio de la Cuesta de las Perdices tendrá que saber cómo jugar con el balón: regatear, organizar al equipo para la batalla y ¿pasar la pelota antes de tirar a gol, o tal vez inmediatamente después de disparar a puerta? Porque Mariano Rajoy se ha apuntado un tanto -más bien, se lo han apuntado_ y ha ganado, ya digo que en este cuarto de hora, el partido. Pero no ha ganado el campeonato, entre otras cosas porque el país necesita nuevos rostros, nuevas ideas, un talante algo más activo que el del superviviente por antonomasia. Porque la Champions hay que ganarla, como se sabe, no solamente en los cenáculos y mentideros de la loca capital, sino en todo el territorio; y no será evitando entrevistarse con el president de la Generalitat, pongamos por caso, como conquistaremos el título de la unidad y la concordia, que tanta falta nos van haciendo.

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