Siete días trepidantes – Y el caso es que Rajoy aún podría ganar si…


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Quienes alguna vez hayan leído mis comentarios o me hayan escuchado en programas de radio y televisión saben bien que hace tiempo que pienso, con todo el respeto del mundo, que Mariano Rajoy debería haber cedido el paso a otro dirigente del Partido Popular. Y opinaba yo que quizá eso debería haberse hecho ya antes de las elecciones del pasado 20 de diciembre, que, si Dios no lo remedia, que no parece que quiera remediarlo, habrán de repetirse en junio y, si Rajoy no lo remedia, que tampoco parece que, con el mismo candidato de los «populares» al frente. Lo digo para enmarcar el titular de este artículo «y el caso es que Rajoy aún podría ganar si…», un titular que, hay que reconocerlo, queda cuando menos bizarro en unos momentos en los que el «caso Soria», el «caso Torres Hurtado», el «caso Rita Barberá», el «caso Génova», el «caso…» acorralan a un hombre que simplemente no acierta en su manera de comunicar, de salir del atolladero. Porque nadie me negará que la semana que ahora termina ha sido un cúmulo de despropósitos en la gestión de la comunicación -y no solo_ en una situación de crisis que incluso la empresa más torpe hubiera manejado de muy otra forma.
Bueno, pues pese a todo, pese a su empecinamiento en mantenerse en el puesto de mando más allá de lo que sería razonable, el caso es que Rajoy aún podría ganar. Ganar por la mínima las elecciones -los votantes somos así, a pesar de que han sido siete los escándalos que le han surgido al PP, junto con decenas de imputaciones, desde las elecciones del 20-D_ y, también por la mínima y durante un tiempo más bien corto, permanecer en su despacho de La Moncloa mientras se remansan las aguas y el panorama político nacional, que tan maltrecho está saliendo de la tormenta, se normaliza.
Claro que, para salir airoso de esta prueba, en la que tiene a todas las demás fuerzas políticas decididamente en contra, Mariano Rajoy Brey casi tendría que dejar de ser Mariano Rajoy. Convertirse en otro, menos correoso y lejano, más dialogante, mucho más cercano, un hombre que acuda, olvidándose de asesores malignos y torpes, a dar explicaciones a los medios de comunicación, a la tribuna del Parlamento. Y, claro, que encare las reformas pendientes. A él, que tan poco le gustan las reformas -le gustan menos aún que los periodistas y que los portavoces de otros grupos-, hay que reconocerle el talante de persona seria, con sentido común, que encarna viejas virtudes de firmeza y hasta de patriotismo; lo que no le gustan son los cambios y ahora, parafraseando al asesor de Clinton, resulta que «¡es el cambio, estúpido»!, dicho sea, desde luego, sin ánimo de ofender a nadie, faltaría más, que no es ese mi tono por mucho que uno tenga que escribir en un país insultador e insultante.
Rajoy es bueno en el atril del Congreso, y creo que podría explicar bien lo que le ha ocurrido a su ex ministro de Industria -que, en cambio, todo lo ha explicado mal_ y lo sucedido con su aún alcalde Granada, a quien, en medio de sus explicaciones, le dijeron que el PP le había suspendido, sin más explicaciones, de militancia. Incluso podría explayarse acerca de las obvias divisiones que se aprecian en un Gobierno que se quiso sin fisuras, y al que Rajoy pretendió mantener en su integridad durante toda esta Legislatura peculiar: ha tenido que cambiar, por unas u otras razones, a cinco de sus ministros, ha tenido que comprobar cómo otros se enfrentaban casi sin disimulos a la vicepresidenta, enfrentada a su vez con la secretaria general del partido, quien no se habla con alguno de los vicesecretarios, mientras todos se miran de reojo, y miran hacia el noroeste de Núñez Feijóo, a ver qué pasa con la inevitable sucesión ¿a medio plazo? del jefe, que tan bien los condujo a todos por la senda del poder… hasta ahora.
Es, en parte, el desgaste, lógico si usted quiere dadas las circunstancias, de ejercer el poder en un país como el de aquí y ahora, en una Europa como esta. Lo que ocurre es que las oposiciones varias no están sabiendo aprovechar del todo ese desgaste, y se ponen demasiado en evidencia escalando el Himalaya monclovita. Mire usted a Pablo Iglesias, por ejemplo, que se salta todas las normas del montañero ortodoxo. O a Pedro Sánchez, que olvida su atuendo deportivo fiándose apenas en su buena forma física. Tan solo Albert Rivera, que no quiere dar la impresión de que trate de llegar a la cumbre, permanece confortablemente junto al fuego centrista y aparentemente neutral, observando cómo los otros intentando la escalada por las paredes heladas. Así que a él le va a quedar, si las cosas no sufren una alteración inesperada, la opción de apoyar a Rajoy para que siga en La Moncloa durante un tiempo razonablemente corto -hasta que se celebre el ya demasiado aplazado congreso del PP_ o quizá la de forzar un gobierno de gran coalición, en el que el líder de Ciudadanos tanto cree, con el PSOE dentro y, entonces, con Pedro Sánchez fuera.
Bueno, el caso es que llegamos a otra de esas semanas decisivas en las que puede pasar de todo -pero ¡si hasta se va a ver Rajoy, tras solo cuatro meses de darle la espalda, con el molt honorable president de la Generaltat!- o, simplemente, en las que se nota que está a punto de pasar de todo, porque los plazos, tic, tac, siguen corriendo. Qué apasionante como periodista. Qué desconcertante como ciudadano.

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