Antonio Burgos

«Cada hora Miguel de la Quadra Salcedo enseñaba algo novedoso e interesantísimo a los chavales»

"Cada hora Miguel de la Quadra Salcedo enseñaba algo novedoso e interesantísimo a los chavales"
Antonio Burgos. PD

Bonito homenaje de Antonio Burgos al tristemente desaparecido Miguel de la Quadra Salcedo, quien seguramente, en su ya otra vida estará buscando nuevas aventuras:

Cuando otros de su edad andaban con los discos de Carosone, de Modugno o del Festival de San Remo, él cogió el suyo, sin guateque ni picú, y se fue a Roma. No de discjockey como Raúl Matas las tardes radiofónicas en que «desde la SER, con alegría, llega a su casa Discomanía», sino a competir por España como lanzador de disco en la Olimpiada de 1960. Antes creo que había sido lanzador de jabalina, lo cual le pegaba muchísimo más por lo suyo de la defensa del indigenismo precolombino al otro lado de la mar océana que España dominó un día en el que seguía soñando. Hablo, naturalmente, del caballero don Miguel de la Quadra-Salcedo, que yo creo que en su perenne aventura como reportero de guerra de TVE había coincidido un día con Ponce de León por la parte de La Florida y habían encontrado juntos la fuente de la eterna juventud.

Rememora que:

Miguel era de la casta de los descubridores que cantábamos en el himno guasón de la Universidad Hispanoamericana de La Rábida: «Recuerdo a Las Casas/a Alonso de Ojeda/y a Paco Pizarro». Miguel, colega de Paco Pizarro, fue el último descubridor de las Américas en nombre de España. Lo que pasa es que en vez del pendón de Castilla plantaba allí los reales de su Ruta Quetzal, con siete mil millones de chavales a los que les transmitía cada año (¿verdad, Juan Pablo Bellido?) su orgullo por el conocimiento de nuestro pasado imperial y el respeto por las culturas precolombinas, aztecas, toltecas y chichimecas. Y sigo con el Himno de La Rábida: «Encomenderos indianos/y franciscanos de mal vivir». Miguel tenía planta o de espadachín de Pérez Reverte «avant la lettre» o de héroe de la Historia de los Descubrimientos Geográficos. Como en el romance del Conde Arnaldos, Miguel sólo cantaba su canción a quien con él iba. A quien se embarcaba en la locura maravillosa de su Ruta Quetzal. Tuve el honor de que me invitara un año a embarcarme, camino de la Nueva España, en unión de otros guasones del Reino, como mi compadre Alfonso Ussía o Antonio Gala. Embarcamos en Lisboa a bordo del J. J. Sister. Miguel había rebautizado al barco como el Guanahaní. Mi compadre y servidor, junto con el ingenio de Gala, cuando en los diez días de navegación hasta las Antillas Menores como escala hacia Puerto Rico y Veracruz casi habíamos acabado con las reservas de güisqui de la gambuza, sacamos de pila al J. J.Sister con otras iniciales: el J. B. Sister. De la matrícula de Kilmarnock (Escocia), claro.

Subraya que:

En aquella larga travesía comprobé el entusiasmo docente de Miguel con sus chavales de la Ruta Quetzal y su eterna juventud. Cuando desembarcamos en Guadalupe, era el que más rápido caminaba por los fangales del bosque tropical. Se transformaba en descubridor. Había embarcado hogazas de pan en Lisboa, que les iba enseñando a los ruteros para que vieran cómo en tiempos de Colón no había más remedio que comer a bordo galletas como remedio contra el escorbuto, porque las teleras lisboetas cada día tenían más moho verdoso y repugnante.

Y remata:

La Ruta Quetzal era como una universidad flotante, quizá muy en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza. Cada hora enseñaba algo novedoso e interesantísimo a los chavales, vestidos todos de Coronel Tapioca. ¡Cuánta América llevaba dentro aquel reportero! La noche que nos aproximábamos a Guadalupe, llamó a la puerta de mi camarote y me dijo: «Te despertaré temprano, para que subas al puente y desde la megafonía de a bordo grites, como Rodrigo de Triana, el «¡tierra a la vista!». Ese grito se dio con acento sevillano y con acento sevillano hay que seguir dándolo siempre, Antonio». Y así lo hice, al alba, que toda la noche se habían visto pasar pájaros. Gracias, Miguel, por haberme dejado hacer de Rodrigo de Triana en tu siempre juvenil entusiasmo por la América Hispana.

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