Andrés Aberasturi – Una cosa y su contraria


MADRID, 3 (OTR/PRESS)

Uno, que controla la Wikipedia con envidiable soltura, se da de bruces con una sentencia algo exagerada de sabio Avicena: «A cualquier persona que niegue el principio de no contradicción, se la debería golpear y quemar hasta que admita que ser golpeado y ser quemado no es lo mismo que no ser golpeado y no ser quemado». No creo que haya que llegar tan lejos para entender una de las bases del pensamiento lógico: que una cosa no puede ser lo que es y su contraria. Y recurro a Avicena y a la filosofía para tratar de entender lo complicado que debe resultar ser antisistema y a la vez alcalde o concejal de una ciudad.
Y es que lo que hemos dado en llamar «sistema» es el resultado -mejor o peor, bueno aunque mejorable- acordado por una mayoría para vivir más o menos ordenadamente en sociedad. Hay semáforos, impuestos, recogidas de basura, pisos que se compran y se venden, farmacias de guardia, transportes públicos y así un largo etcétera de derecho y deberes que hacen posible un cierto orden. Dentro de ese caos ordenado, conviven también los antisistemas que bajo la idea utópica de la vieja anarquía mal entendida (y por eso gustan de usar la «k», para hacerse notar) pretenden vivir sin respetar los códigos que el resto sí respetamos para hacer posible la convivencia.
Pretender desde la alcaldía de Barcelona -un suponer- la desaparición del estado y de sus organismo predicando la libertad del individuo por encima de cualquier autoridad, no tiene que ser fácil. No digo yo que no sea un hermoso ideal, pero no parece que las ideas de Bakunin hayan logrado en dos siglos llegar muy lejos.
A lo que vamos; preguntan directamente a la gente de las CUP si es lícito ocupar una vivienda vacía y responden lo que responden: depende; mal asunto. Luego añaden que no resulta en absoluto descartable. Y la señora Colau -que tanto ardor guerrero popular puso en su reciente pasado- se enfrenta ahora a la necesidad de utilizar y consentir la legalidad del sistema que en el mundo civilizado protege, entre otras cosas la seguridad de todos y la propiedad privada. Y cuando pasa lo que pasa en un barrio de su ciudad, intenta nadar en la tibieza dando una cal y una de arena, diciendo que sí pero no y logra cabrear en esa duda metódica a una abuela que pasaba por allí, a su propia policía y, lo que resulta más curioso, a los propios antisistemas que como buenos revolucionarios no quieren regalos de las instituciones. Y la pobre alcaldesa echando cuentas de haber si podía pagar, con el dinero de todos los barceloneses, el edificio okupado… O sea.
Es que no se puede ser una cosa y la contraria. Gobernar o tener el apoyo de para gobernar una ciudad de los que quieren romper el sistema, es imposible porque las ciudades -y los estados- no son islas afortunadas sino neuronas conectadas con otras neuronas que individualmente no serían capaces de subsistir y cada vez menos en un mundo -otra vez hay que repetirlo- cada vez más global. Y no hay términos medios: o se respeta la propiedad privada o no se respeta y si optamos por la segunda posibilidad, sólo lograremos asegurar la inseguridad lo cual desencadena un rosario de consecuencias nada recomendable y poco reconfortante para la mayoría.
Las cosas, por desgracia, son así por ahora y es bueno y ético y necesario tratar de mejorarlas pero no a cualquier precio y menos aun cediendo a los que representan a la mayoría ante la violencia de unos pocos. Así no vamos a ninguna parte.

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