Antonio Casado – El debate menos decisivo


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

Siendo al principio de la campaña, con las mismas caras y los mismos argumentos, era muy difícil que el debate televisado del otro día entre los cuatro candidatos a la Moncloa fuera decisivo. No hubo grandes aciertos ni grandes errores en la actuación de cada uno de ellos, que vinieron a estar cansinos pero aseados. Y a aunque los hubiera habido, se habrían perdido en la polvareda de los diez días que faltan para acudir a las urnas.
Se la jugaban los cuatro en función de sus propias expectativas y, desde luego, se la juega España, que reclama más estabilidad política y menos desigualdad social. Lo importante es formar criterio antes de votar. Los electores, como los consumidores, deben probar el género antes de adquirirlo. Un derecho regulado en el caso de los consumidores, no en el de los electores, lo cual explica que los políticos, especialmente los que están en el poder, se muestren poco generosos a la hora de medirse en público con sus competidores. Si lo hacen, ponen condiciones. El resultado es que acuden con un guión prefijado que finalmente desarrollarán al margen de lo que digan los demás. La otra noche escuchamos y vimos cuatro discursos paralelos, de los que, como aprendimos en clase de geometría, por mucho que se prolonguen nunca llegan a encontrarse. O sea, de debate, nada.
Aún así, el discurso, por muy elaborado que venga en la cabeza de cada candidato, siempre suele aportar alguna novedad. La que nos sirve a los periodistas para titular la información. Esta vez, ni eso. Nada nuevo de verdad. Si acaso, una cabriola más de ese virtuoso del camuflaje llamado Pablo Manuel Iglesias. Ahora ya no habla de la «plurinacionalidad» de España, de la que hablaba hasta un minuto antes, sino de la «diversidad» de España, que es el concepto aireado en el franquismo para referirse a la España «una» y «diversa». Así que ahora Iglesias ya no se proclama «patriota» de una España «plurinacional» sino de una España «diversa». Y otra novedad sin mayores consecuencias fue la incorporación visual de Rajoy a la España de las cuatro esquinas. Quiero decir que es la primera vez que, desde la irrupción de Ciudadanos y Podemos en la competición política nacional, el presidente del Gobierno, ahora en funciones, se apunta a un debate a cuatro con los principales candidatos. En el único precedente el PP estuvo representado por Soraya Sáenz de Santamaría.
Lo demás sonó viejo y reiterativo. Rajoy vendió experiencia y seriedad frente a bisoñez y radicalismo. Sánchez fue a por los votantes clásicos del PSOE que se abstienen o votan a Podemos, con ataques repartidos contra el PP que gobierna y el consorcio podemita que quiere desbordar a los socialistas. También Albert Rivera se empleó a fondo contra los mismos adversarios. Y en el caso de Iglesias, insistió en su mano tendida al PSOE, sin llegar al beso en la boca que hubiera sellado el encajamiento. Pero va a ser que no, vino a decir Sánchez al denostar el contubernio Iglesias-Rajoy que impidió la formación de un gobierno progresista hace tres meses.

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