Francisco Muro de Iscar – Y un gintonic los viernes


MADRID, 15 (OTR/PRESS)

La extraña campaña electoral sigue por derroteros que no siempre tienen que ver con la razón. Más bien, casi nunca. Si los electores votaran por lo que realmente dicen y prometen los candidatos, seguramente se deberían abstener todos porque lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Los políticos manejan los datos con escaso respeto a la verdad, lo que no debe ser culpa sólo de los economistas, sino de ellos mismos. Los datos son sagrados, las opiniones son libres, dice un axioma periodístico. Escuchamos a unos decir que el 75 por ciento de los contratos son indefinidos y a otro que no llegan al 15 por ciento. Uno asegura que el fraude fiscal es un tsunami y otro que nunca se ha recaudado más de los defraudadores en esa lucha que debería ser sin cuartel. ¿Alguien sabe cuántos millones de españoles están en riesgo real de pobreza? Y el elector no entiende que se pueda defender una cosa y la contraria. Más difícil es todavía cuando un candidato dice que somos más ricos que antes y otro que hay más pobres que nunca, y los dos tienen razón. Las estadísticas las cargan los políticos y las usan en defensa propia con nocturnidad y alevosía. Los datos dejaron de ser sagrados hace mucho y las opiniones nunca son suficientemente libres.
Es cierto que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo, pero algunos no lo saben. Desde la derecha, Rajoy dice que todos los males de este país se solucionan creando empleo y, aunque se solucionarían muchos, sobre todo si el empleo es estable y dignamente remunerado, sólo creando empleo -para lo que hacen falta muchas más cosas- no arreglamos ni el problema de las pensiones ni la ineficiencia de las Administraciones ni la educación ni la Justicia. Por cierto, en el último debate a cuatro no hubo ni una mención a los problemas de la Justicia en España, por lo que podemos entender que los políticos creen que no existen o que no quieren solucionarlos.
Desde la izquierda, sobre todo a la izquierda de la izquierda, la autollamada «socialdemocracia nueva»(¡), pero también en la otra, sea lo que sea hoy, se dice que lo que hay que hacer es gastar más dinero público -que no es público, es suyo y mío- y que eso se va a conseguir haciendo que los ricos paguen más y los pobres no paguen nada. 60.000 millones de nada. Algunos lo arreglan todo con más impuestos a los ricos como si eso fuera suficiente. Educación y libros gratuitos hasta la Universidad, los mejores hospitales, autopistas de primera, el mejor AVE, inversiones altas en I+D+i, salario mínimo cerca de los 1.000 euros, pensiones seguras para todos, contributivas y no contributivas, transporte público subvencionado… Y, si ustedes perdonan, hasta un gintonic los viernes. ¿Quién se puede negar? Todo con los impuestos que van a pagar los ricos o con el dinero que producirá el aumento de dos millones de trabajadores. Lo preocupante es que unos y otros siguen pensando que los ciudadanos se lo creen. Es un problema de modelo de país: industrial, social, de bienestar… Un problema urgente que sólo se resuelve dejando los intereses de partido a un lado y pensando en las personas.

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