David Gistau

«Rivera se enfurruña como el niño hispano de Astérix, que se niega a respirar»

"Rivera se enfurruña como el niño hispano de Astérix, que se niega a respirar"
David Gistau. PD

David Gistau habla sobre el infantilismo de Albert Rivera con sus condiciones cada vez más retorcidas a la hora de hablar con el Partido Popular:

Mi definición favorita del intelectual lo caracteriza como un señor que golpea con un bate la realidad para que encaje en sus prejuicios. El periodista, para no mantener con los hechos una relación tan deshonesta como la del intelectual, ha de liberarse de sus prejuicios. Prejuicios como los que, hoy miércoles, todavía impiden a muchos comentaristas enojados con la desobediencia de los hechos aceptar que Rajoy obtuvo un éxito personal y que una parte importante del electorado prófugo del PP se reconcilió con su partido. Por posibilismo de emergencia, por afán de estabilidad después de unos meses de jugar a seres emancipados de su Estado -seres a la intemperie- o por otros motivos. Pero lo hizo. Al propio PP le corresponde interpretar si ello es una invitación a la autocomplacencia y al culto a la personalidad del Gran Resistente o si, por el contrario, todo lo ocurrido fue una advertencia de qué demonios pueden ser liberados si los partidos vertebrales no asumen que deben intervenir en las distorsiones que sirvieron de pretexto para el tremendismo de los profetas y los curanderos. Desde la corrupción hasta la hipertrofia del cotarro partidista.

Detalla que:

Como nada arrancará mientras el PP no encuentre compañía, observemos ahora a quienes pueden procurársela. Por ejemplo, Rivera. Todo cuanto ha hecho desde su primera comparecencia electoral ha sido infantil y decepcionante. Desde su enfurruñamiento pertinaz, como de niño hispano de Astérix que se niega a respirar, con los agravios infligidos por la ley electoral. Hasta la pésima gestión de esa cláusula autoimpuesta que fue el veto a Rajoy, y que prácticamente lo invalida como negociador mientras no se dé cuenta de que ese prejuicio suyo -volvemos a los prejuicios- es más liviano que el mandato de millones de votantes que ansían irse a la playa con un gobierno constituido.

En nombre de la estabilidad y del constitucionalismo, Rivera tardó cinco minutos en cerrar con el PSOE un acuerdo que nos pareció maduro salvo por los vetos sectarios de Sánchez que impedían integrar al PP. Siendo igual de necesarias la estabilidad y el constitucionalismo, en lo que no tarda ni cinco minutos Rivera es en declarar que nada se hará mientras Rajoy no sea extirpado por el mismo partido que lo festeja como a su campeón electoral. Así de cautivo es Rivera del prejuicio. Tanto como para escamotear la llamada que le hace esta hora española transfiriendo la responsabilidad de formar gobierno a un PSOE que implora irse a la oposición como a unos boxes en los que repararse entero. Rivera tiene la oportunidad de imponer al PP todos los cambios que ese partido paquidérmico se negó a afrontar. Tiene la oportunidad de participar en esa misión que él mismo considera imprescindible y que muchos votantes de centro-derecha le han encomendado: ser un catalizador de todo cuanto Rajoy mantuvo esterilizado. Pero habrá que esperar hasta que vuelva respirar, se le pasen los enojos y se decida por fin a arremangarse. ¿No pedía balón? Pues hala, a jugarlo.

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