Siete días trepidantes -El silencio (¿sepulcral?) de Pedro Sánchez


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Pocas veces una semana de silencio habrá sido más clamorosa. Pedro Sánchez «desapareció» informativamente inmediatamente después de la noche electoral y se aguarda su regreso a los micrófonos dentro de, nos dicen, algunas horas. Confiemos en que sea para algún anuncio realmente novedoso, para marcar con energía las líneas de actuación en su partido. ¿O para iniciar, quizá, una prudente y gradual retirada? Conociendo los antecedentes de la persona, esto último parece altamente improbable, aunque no son pocos, en el interior del PSOE, los que culpan abiertamente a Sánchez de casi todos los males que se achacan al partido, a su estrategia, a su táctica y a su imagen. Son, seguramente, acusaciones demasiado injustas, dados algunos servicios que Sánchez ha prestado a la política del país -servir de muralla a Podemos, por ejemplo-, pero, como las meigas, haberlas, haylas. Y proliferan.
Se ha cumplido inexorablemente una ley física inapelable: cuando dejas un hueco, algo o alguien viene a cubrirlo. Sánchez ha dejado un hueco de apariciones y declaraciones de seis días -hasta el momento-, sin darse cuenta, ni él ni sus estimo que mejorables asesores, de que el panorama iba a plagarse de manifestaciones hostiles: han aparecido en estas horas desde el defenestrado Tomás Gómez hasta el humillado Eduardo Madina, desde el presidente extremeño, que va, debe ser tradición de la tierra instaurada por Rodríguez Ibarra, por libre, hasta «fuentes» del socialismo andaluz, valenciano y asturiano, con las declaraciones más dispares y pintorescas. Todo ello, para no citar, claro está, esa iniciativa de los socialistas catalanes de cara a su próximo congreso, consistente en explorar la «vía canadiense» -o sea, la del referéndum de independencia, más o menos_ si la propuesta de reforma federal no sale adelante, que tiene pocos visos de ir a salir.
O sea: confusión estridente en el que sigue siendo el segundo partido del arco nacional, aunque a cada vez más distancia del primero. Menos mal, lo digo para consuelo de quienes se empeñan en el «mal de muchos…», que no menor barullo se aprecia en Ciudadanos, donde todo son declaraciones contradictorias sobre qué hacer ahora, y no digamos ya en Unidos Podemos, que claramente no sabe por qué camino tirar. Los tres derrotados en las elecciones del pasado domingo están sumidos en el desconcierto. Pero en Ciudadanos y en Podemos aún se aprecian signos de liderazgo, aunque este liderazgo se encuentre crecientemente debilitado -ya digo: sobre todo, en el caso concreto de Pablo Iglesias, cuyo fuerte no es la autocrítica-; en el caso del PSOE, con una pésima gestión de la comunicación interna y externa, este liderazgo ha desaparecido desde el momento en el que desde todos los frentes se preguntan cuándo cae Sánchez o, en el mejor de los casos, cómo se defenderá del enfado que los «barones» tienen con él.
¿Sacará Pedro Sánchez de la chistera, de cara a la reunión del comité federal del próximo sábado, otra consulta directa a la militancia? El recurso está gastado, aunque el comité federal cada día se muestra más anodino e inoperante. ¿Dará finalmente Susana Díaz un puñetazo sobre la mesa, secundada por dirigentes territoriales con tanto prestigio como el asturiano Javier Fernández? ¿Estamos ante el ejército de Pancho Villa, al menos en el terreno de la propuesta de soluciones? Un partido sin cabeza es, te dicen, mejor que un partido con una mala cabeza…
Y luego, oiga usted, el hombre que triunfó en las elecciones, aunque no tanto como quiere hacer parecer, se toma las cosas con su calma habitual, encantado con esas bromas virales que presentan a los esforzados corredores de una carrera de los cien metros lisos a punto de llegar a la meta y siendo de pronto sobrepasados por una figura que camina a buen paso, aunque tranquila, con una camiseta y unos pantalones cortos azules: Mariano Rajoy en sus paseos monclovitas. De momento, en un esfuerzo al parecer considerable, teniendo en cuenta que solo ha pasado una semana desde aquella noche electoral en la que tan contento apareció en el balcón de Génova, ya ha anunciado que llamará a Ana Oramas, la activa y eficaz política canaria que pondrá su único escaño al servicio de la gobernabilidad del PP en la investidura de Rajoy. Luego, tal vez algún día de estos, llamará a los nacionalistas catalanes, a Albert Rivera y por último, te dicen, al PSOE; a ver quién coge el teléfono en Ferraz, bromean, con toda la malicia del mundo, en La Moncloa…

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