Victoria Lafora – Malas hierbas.


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Con la advertencia de que arrancaría las «malas hierbas» de Podemos si no se resolvían las pugnas internas, Pablo Echenique, secretario de Organización del partido, trató de cortar de raíz las disputas abiertas entre los sectores afines a Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, tras la pérdida de más de un millón de votos en las pasadas elecciones. Los primeros achacan la culpa a la tibia estrategia de campaña que diseñó el titular de la Secretaria Política, mientras que los segundos culpan del fracaso de sus expectativas electorales a la alianza con Izquierda Unida. Ambas hipótesis pueden ser, en alguna medida, ciertas; junto a otras posibles que deberían estudiar. Como es innegable que el miedo que inspira Iglesias a una buena parte del electorado, ha sido el gran valedor del relativo éxito del PP.
Pero lo que se demuestra una vez más es la inconsistencia histórica de la unidad en los partidos de izquierdas españoles, incapaces de mantenerse cohesionados ante cualquier tipo de dificultad que pueda surgir. Una desunión que siempre se manifiesta cuando están en la oposición y tan solo se matiza, o se enmascara, cuando alcanzan el poder.
Quienes pensaron que ese era un conflicto de los viejos partidos y de su vieja política, se equivocaban de cabo a rabo. Quienes albergaron la esperanza de que se abría una puerta a la unidad de las fuerzas progresistas, con una suerte de reedición de un nuevo frente popular, erraron también. Porque los conflictos eternos de la izquierda, las luchas cainitas que siempre han emergido y emergen hoy entre las diversas facciones del Partido Socialista Obrero Español o el Partido Comunista de España, o Izquierda Unida, parecen despertar también de manera evidente en Podemos, la formación nacida el 15-M en la Puerta del Sol de Madrid. Y es que una cosa es esa izquierda reivindicativa y desestructurada que acampa entonando cánticos y consignas, y otra muy diferente su conversión en partido. Ahí, en el partido, nacen los desacuerdos, las inquinas, las prepotencias, los reproches, las envidias y esas luchas intestinas que caracterizan a la izquierda desde Lenin hasta nuestros días. Ahí, lo nuevo se convierte en viejo en un abrir y cerrar de urnas.
Los españoles, con sus votos, parecen haber dejado claro lo que quieren y lo que no quieren.
No quieren la desunión y las peleas fratricidas. No quieren posturas maximalistas ni postureos de márquetin. No quieren promesas imposibles… No quieren que se gobierne por decreto en favor de unos pocos.
Quieren un gobierno que les saque de la penuria y la incertidumbre en la que viven hoy. Quieren más y mejor justicia, menos desigualdad, acabar con la corrupción y con el desempleo, una educación de calidad, consensuada, y una sanidad que no se deteriore día a día.
Quieren acuerdos, sean transversales o entre afines, pero acuerdos para conformar un Gobierno que, de verdad, gobierne pensando, por encima de todo, en la gente.

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