Francisco Muro de Iscar – ¿Despierta la Universidad?


MADRID, 6 (OTR/PRESS)

Acostumbrados al sueño de décadas del diplodocus, sorprende ver que algunas cosas empiezan a cambiar en la Universidad. La crisis se llevó por delante mucho dinero de los presupuestos y las Universidades, algunas, no todas, después de quejarse, han empezado a dar señales de que es posible hacer otras cosas y reducir la endogamia, el ensimismamiento, la mala gestión, el enclaustramiento frente a una sociedad abierta y dinámica, la exigencia al Estado de que aporte todo lo que se necesita e, incluso, la no rendición de cuentas, euro a euro.
La Universidad Complutense, que es un monstruo casi ingobernable y que ha tenido en los últimos tiempos rectores para olvidar, porque todos han contribuido a aumentar su deuda y su ineficiencia, plantea reducir a 75 los 185 Departamentos actuales –algunos repetidos solo para recolocar a «cátedros» desubicados– y a 17 las 26 Facultades existentes, sin suprimir ninguna titulación, pero fusionando algunas y utilizar personal de servicios de forma conjunta. El ahorro inicial se calcula que será de unos cuatro millones de euros, pero eso es lo menos importante. Si se consigue gestionar los recursos universitarios –siempre escasos– con criterios empresariales, se fomenta colaboración entre centros y la interdisciplinariedad docente e investigadora, habremos dado un paso de gigante. Salga o no adelante la reforma –pronostico terribles resistencias– alguien ha movido los cimientos de la mayor Universidad española. Y eso, rector Andradas, merece ya un aplauso. Con una reserva: ahora que corren malos tiempos para la filosofía, eliminar esta Facultad es un mal síntoma: necesitamos más y mejores filósofos que nos enseñen a reflexionar por qué nos comportamos así.
La propia Comunidad de Madrid está preparando también un proyecto de ley de reordenación de las Universidades para incentivar el mérito, atraer talento, potenciar la investigación, favorecer la transparencia y competir con las mejores Universidades del mundo. Ya veremos en qué queda y si la política se acaba cargando la reforma. Pero el sólo hecho de que, sobre el papel, se ponga que una parte de la financiación estará condicionada al cumplimiento de los objetivos y de las buenas prácticas y que se mire al mercado laboral para adecuar la demanda a las necesidades reales, ya me parece otro paso al frente.
Hay más cosas positivas. El rector de la Universidad de Sevilla ha dicho que «ningún estudiante se quedará fuera de la Universidad por motivos económicos». El dinero lo pondrá la Universidad de sus fondos. La nueva rectora de la Autónoma de Barcelona ha dicho que «es muy necesario que la Universidad salga a la calle», que la gente y las empresas tienen que saber lo que hacen y valorarlo. ¡Tanto tiempo perdido! Ahora sólo hace falta que se carguen los grados de tres años que son un timo pero que las Universidades catalanas impartirán el próximo curso; que se analicen con rigor si son necesarias tantas Universidades; que se eliminen las titulaciones repetidas varias veces en una misma ciudad o las que no tienen demanda ni son necesarias cultural o socialmente; que se acabe con la endogamia y que se apueste, de verdad, por la exigencia y la calidad. Nos merecemos una Universidad mejor al servicio de la sociedad. No al revés.

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