Fernando Jáuregui – ¿Tienen derecho a irse de vacaciones?


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Los periodistas que seguimos, a través de las ruedas de prensa en el Congreso, el resultado de los encuentros entre Rajoy y Pedro Sánchez y entre Rajoy y Albert Rivera salimos con la sensación de que aquello había acabado desde el punto de vista de las tareas informativas. Que nos podíamos ir de vacaciones, vaya. Sobre todo, después de que Rajoy descartase ante su directiva la rumoreada fecha del 23 de agosto como posible para celebrar la investidura; bueno, de hecho ni siquiera ha garantizado que vaya a ir él a la investidura, con lo cual este acto parlamentario que, según la deficiente Constitución, marca el inicio del calendario hacia las elecciones, está en una nebulosa. En teoría, así podríamos seguir durante años, a menos que la presidenta del Congreso, que es persona sensata, fije de manera casi unilateral -lo que, teniendo en cuenta su proximidad a Rajoy, es impensable_ una fecha «razonable», según ella misma dijo.
Bueno, pues ya vemos que el 23 de agosto no es fecha «razonable» aún, y ya estamos pensando en septiembre para celebrar esa sesión de investidura en la que ni tenemos idea de quién sería el candidato a la presidencia del Gobierno. Rajoy va a trabajar con el teléfono en la mano todos estos días en línea directa con Albert Rivera, a ver si le «ablanda», según dijo en el único momento simpático de sus dos conferencias de prensa de esta semana. O sea, que el teléfono es lo único que no va a descansar estos días agosteños, en los que, por mucho que el presidente en funciones haya convocado tres consejos de ministros en funciones -mini-consejos, que ya el Gabinete se va quedando sin ministros, entre unas cosas y otras-, parece que no va a ocurrir nada digno de figurar en los titulares. A menos que el Rey vuelva a sorprendernos llamando a otros responsables políticos, como hizo este miércoles con Rajoy… y nos enteremos de ello, que lo dudo.
Pero ninguno de «los cuatro» merece irse de vacaciones, dejando esto como está. Ya, a los que queremos que España tenga una gobernación sólida y regeneracionista, solamente nos queda la esperanza en que R y R lleguen a un acuerdo seriamente reformista, que no permita al presidente del PP seguir con su inmovilismo, con sus trucos de hombre previsible ni con el manejo absoluto del Estado. A todo ello dice estar dispuesto Rajoy con tal de conseguir el «sí» de Rivera a su investidura, que le permitiría llegar a ese acto parlamentario con 170 escaños (Coalición Canaria incluida), ya digo, allá por septiembre. Pues eso: a ver si Rivera, cuya actitud es difícil de entender, se «ablanda».
¿Y el PSOE? Nada sabemos del principal partido de la oposición más allá de lo que nos dijo el martes, en una increíble comparecencia ante los periodistas, su secretario general, y más allá de los «no, no, no» repetidos por su guardia de corps -Hernando, López, Luena_ en las entrevistas radiofónicas a las que su jefe les envía para que se abrasen.
Entiendo que, si Rajoy logra esos 170 escaños para ir a una investidura, el PSOE no podrá evitar que gobierne. Tendrá que abstenerse o tolerar la «rebelión» de media docena de sus diputados, que, por unas razones u otras, tendrían que ausentarse del hemiciclo a la hora de los votos. Otra cosa sería echarse encima la culpa de tener que repetir las elecciones, lo que redundaría en una auténtica catástrofe ante las urnas de un partido que, como el socialista, es clave para la estabilidad política de España, al menos por ahora. Y el fin político de Sánchez, naturalmente; un fin que cada día aparece, para bien o para mal, casi como más inexorable.
A menos que, en lugar de irse de vacaciones, trabaje a fondo este verano, convocando a «su» comité federal para que este convoque, a su vez, una consulta a la militancia sobre los caminos que se abren ante la formación creada por Pablo Iglesias «el auténtico». Porque el otro, el jefe de Podemos, se limita a esperar inteligentemente a que quien pretende, proclamándolo tan erróneamente, ser el representante máximo de «las izquierdas» -pero ¿quién asesora en comunicación a Sánchez?–, se estrelle. Y en ello parece que anda, porque, si de él depende, ni habrá cambio de actitud, ni convocatoria al comité federal, ni consulta a los afiliados, ni convocatoria del tan aplazado congreso federal, ni nada. Y aún temo, espero que no ocurra, que algún «paparazzi» aficionado, teléfono móvil en mano, lo cace vacacionando, disfrazado gorro en testa, en cualquier chiringuito playero. Y no, él -los demás, tampoco_ no merece irse de vacaciones con la que ha montado merced a unos errores que los medios, de manera unánime, le critican. ¿Todavía cree, como los británicos, que son todos «los del Continente» los que se equivocan conduciendo por el lado erróneo?

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