Fernando Jáuregui – Investidura en octubre, lejos del turrón


MADRID, 19 (OTR/PRESS)

Lo que de verdad me alarma de la situación política -moral_ en España es que se hable en serio de la posibilidad de que tengamos elecciones generales el 25 de diciembre, fun, fun, fun. Pues claro que no tendremos elecciones el día de Navidad, incluso porque sería materialmente imposible llenar las mesas… y las urnas. Una broma propia de una película de Berlanga, o de las charlas de Gila, ese gran humorista que, en su chispa surrealista, jamás hubiese podido imaginar una «guerra» como la electoral que aquí nos tenemos planteada.
Que Rajoy es un figura ya lo sabemos todos. Le dije un día, a comienzos de agosto, que, por supuesto, se tendría que presentar a la investidura y que, por supuesto, la perdería, con lo que su discurso en ese acto parlamentario estaría más dirigido a los futuros electores, a la indignación de los españoles al verse sometidos al riesgo de unas nuevas elecciones, que a Sus Señorías empeñadas en el «no». Negó la mayor: ni estaba seguro de ir a la investidura, y menos de ir para perderla, y menos de que fuese a haber terceras elecciones. Sin embargo, las dos primeras premisas se van a dar el día 30: se presenta y perderá, en las votaciones del 31 de agosto y el 2 de septiembre, la votación, porque el PSOE seguirá anclado en el «no, no y requeteno».

En lo que estamos de acuerdo es en que no habrá terceras elecciones: queda mucho tiempo hasta que, el 31 de octubre, expire el plazo para disolver las cámaras legislativas y convocar esas elecciones que, cincuenta y cuatro días después, desembocan en ese 25 de diciembre de pavo, turrón y resaca de la noche de paz y amor (y de mensaje navideño del Rey) anterior. Y, entre el «no» del 2 de septiembre y la muy probable abstención socialista en una nueva sesión de investidura, quizá allá por comienzos de octubre, van a pasar muchas cosas: que la UE nos va a urgir a cumplir, so pena de multa severísima; que los Presupuestos se van a prorrogar, con todo lo que ello implica (es lo menos importante, a mi juicio), que a Pedro Sánchez le van a presionar hasta lo indecible desde lugares insospechados… Y que, el 25 de septiembre, se celebran elecciones en Galicia, con un probable vencedor, que es el «popular» Nuñez Feijoo (o no… que diría el genuino Rajoy), y en Euskadi, con un resultado más que incierto: de momento, no sabemos ni quién será el candidato independentista, hasta que la semana próxima el tribunal vasco dé el «sí» o el «no» a Otegi. Lo que sí sabemos es que, por sí solo, con Otegi o sin Otegi al frente de Bildu, el Partido Nacionalista Vasco no gana.
Pienso que es muy probable que, para gobernar, el PNV necesite el apoyo de «populares» y socialistas vascos. Y allí puede instaurarse una moneda de cambio bien interesante. Urkullu es uno de los tipos políticamente más pragmáticos que conozco, y, en función de sus intereses, no haría ascos, una vez sabidos los resultados de las urnas, a un trueque de cromos. Lo veremos, en su caso y en su momento: ya no falta mucho.
Y luego están los socialistas. Acabarán absteniéndose, porque, hasta octubre, hay muchas oportunidades para que se reúna el comité federal y, en él, quienes ahora aplauden reticentes lo que consideran una insensatez, manifiesten, por fin, en público lo que dicen a sus íntimos: que Sánchez está conduciendo al PSOE a un desastre que puede provocar una escisión grave y de cierta magnitud en el partido. Y que no nieguen esto que afirmo aquellos miembros de la guardia ejecutiva pretoriana que aún apoyan graníticamente el «niet», porque ya somos muchos los que hemos escuchado, de bocas responsables, cosas. Y qué cosas: si se las dijesen a Sánchez a la cara -lo que no hacen_ temblaría el Misterio.
Y también, hasta octubre, hay oportunidades incluso de una consulta -honesta- a la militancia socialista, e incluso de convocar ese ya tan aplazado congreso federal que propiciaría la sustitución del secretario general, en su caso. Como Sánchez no es tonto, y supongo que lee lo que unánimemente dicen los medios de comunicación y atiende a las muchas llamadas que recibe aunque se esconda, sabe que tiene muchos pretextos para variar el rumbo, como ha hecho Albert Rivera, que sin duda ha ascendido varios escalones en el aprecio moral de los electores: la creación conjuntamente con Ciudadanos de esa comisión parlamentaria para debatir sobre las pasadas corrupciones en el PP puede ser una vía que conduzca a la abstención. Lo mismo que un «acuerdo de oposición» entre socialistas y Ciudadanos para impulsar determinadas reformas que a la pereza de Rajoy, por sí sola, no le apetece afrontar. ¿No sería esto mucho más constructivo para España que un «no» sin alternativas?

Y que no vengan ahora los socialistas «oficiales» con pretextos de mal pagador, diciendo que Rajoy les tiende una trampa, presionándoles con la amenaza de unas elecciones el 25 de diciembre. Ya antes decía que el presidente en funciones es un «figura», lleno de carencias -hay que ver la rueda de prensa que nos largó el pasado martes–; pero en estas olimpiadas políticas, en las que Rivera se lleva la medalla de plata, a Sánchez le saca varios cuerpos de ventaja; además, que nadie olvide que Rajoy ofreció públicamente al socialista negociar con él esa fecha de investidura, y recibió, parece, la callada por respuesta.

Así que no se queje el socialista, que en dos años al frente del PSOE ha acumulado muchos más errores que aciertos, contándose entre los segundos el haber sobrepasado y alejado de cualquier posibilidad de gobierno el fantasma del Podemos de Pablo Iglesias; esperemos que no haya una segunda intentona de formar aquel «Gobierno de progreso», o como quieran llamarlo, semejante al estrepitosamente intentado, y fracasado, en medio de un cierto ridículo, entre los pasados meses de enero y marzo.

Ya le gané, en un programa de televisión, Canal 24 Horas, una apuesta pública a Miguel Gutiérrez, el eficaz delegado de Ciudadanos en Madrid, al jugarme con él un almuerzo a que Rivera cambiaría de posición en menos de un mes. Eso era el 3 de agosto: dos días después, la formación naranja se mostraba dispuesta a dar el «sí» a la investidura de Rajoy a cambio de las condiciones que se conocen y que ahora han comenzado a negociarse en su letra pequeña. Era bastante fácil: a Rivera, que sabe dónde le aprieta el zapato, no le quedaba otro remedio. Ahora extiendo aquella apuesta: Sánchez cambiará el sentido de su voto, no ahora, pero sí acaso en octubre. Y, si no, se irá a hacer puñetas y, con él, todos, fun, fun, fun. Pero ya le digo: lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. O sea, ahora que hablamos de apuestas, apueste con seguridad a que el 25 de diciembre no tendrá usted, caso de que le quedasen ganas, que ir a las urnas.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído