Fernando Jáuregui – Ejemplos del desastre en el que estamos metidos


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Lo que está ocurriendo en la política española, al borde ya de la semana de la (no) investidura de Mariano Rajoy, es, simplemente, de no creer. Imposible ofrecer un espectáculo más completo de incompetencia, mala baba, rencillas cuarteleras y desdén por el pobre contribuyente/votante, que somos usted, yo y unos cuantos millones de españoles más. Ahí van algunos ejemplos (recientes) del desastre en el que estamos metidos y no por la culpa de usted, ni por la mía, ni por la de esos millones de españoles, cuya única responsabilidad en todo esto es no haber colmado aún su vaso de indignación ante el desmán permanente y no habernos organizado en una verdadera sociedad civil.
Ejemplo uno. La pelea de leguleyos en la que nos han enzarzado tratando de evitar que votemos el 25 de diciembre en unas hipotéticas terceras elecciones, que ya todos admiten incluso como probables, para sustituir el día de Navidad por el domingo anterior, es casi surrealista: están dispuestos a no dar su brazo a torcer cambiando su voto en la investidura y, en cambio, pretenden retorcer la normativa electoral, esa que tanto les cuesta reformar, para que el ridículo completo se convierta en solamente parcial. Porque yo, de entrada, suscribo la iniciativa pública del alcalde de un pequeño pueblo salmantino y, el día 25, no solamente no iría a votar, sino que me declararía insumiso si me tocase estar en una mesa electoral: que no voy, vaya. Y que luego tengan el valor de sancionarme. Por cierto, tampoco sé qué haré si la jornada de votación, porque el Congreso así lo «permite» tras, ya digo, violar el espíritu (y la letra) de la ley, es el día 18 de diciembre, y no el de Navidad. Probablemente, tampoco vaya. Esa, y este comentario, son las únicas formas de protesta, pobre protesta, a mi alcance.
Ejemplo dos. Hay que ver la que se ha montado a cuenta de la colocación de los grupos parlamentarios en unos u otros escaños. Todos quieren estar en primera fila en el hemiciclo, no sé si para que las cámaras institucionales de la tele les sorprendan más fácilmente jugando al Pokemon. ¿De verdad esta es la reforma que importa? ¿Dónde se sienten los de Podemos, los de Ciudadanos o los del PNV? Maaadre mía*

Ejemplo tres. La presidenta del Congreso, la por otro lado muy admirable Ana Pastor, anuncia que el discurso inaugural de investidura será el martes, a las cuatro de la tarde, interviniendo tan solo Mariano Rajoy y, al día siguiente, los restantes portavoces de los grupos. Olvidaba el Partido Popular la escandalera que montó cuando, en la brevísima Legislatura anterior, el predecesor de la señora Pastor, el socialista Patxi López, decidió el mismo orden: que el primer día interviniese solamente Pedro Sánchez, y al día siguiente los demás. ¡Las cosas que entonces se dijeron ante los micrófonos y fuera de ellos! Una muestra más de la inconsistencia del debate político español, en el que lo nimio sustituye siempre, siempre, a lo importante: pero ¿es que no saben todos que, sea cual sea el orden del debate, no habrá esta vez investidura?

Y lo importe es, son, las reformas de calado que hay que introducir en el texto constitucional y en la normativa electoral. No para que las elecciones no caigan, vaya por Dios, nada menos que en la entrañable Navidad, sino para que lo que está pasando desde el 20 de diciembre de 2015 no vuelva a repetirse jamás: hay que cambiar cuando menos el artículo 99 de la Constitución (entero) y ya aprovechar para cambiar algunos otros (bastantes) artículos, cambios que contribuyan, de paso, a solucionar el problemón territorial que se nos echa encima. Y hay que cambiar la normativa electoral no de un modo oportunista, sino para convertir el sistema parlamentario de elección del presidente por uno presidencialista, a dos vueltas. Entre otras cosas evidentes: porque ¿cómo presentar en público a un país en el que quien tiene más votos que otro tenga menos escaños?

Ejemplo cuatro. Que yo sepa, ninguno de estos cambios sustanciales se están debatiendo en esa comisión negociadora entre Ciudadanos y el Partido Popular que seguramente dentro de unas horas anunciará, tras los rifirrafes verbales de rigor, que ha llegado a un acuerdo para la investidura de Rajoy, que ya digo que será una no investidura, porque el PSOE se empeña, cada vez más contra la lógica de las cosas, en mantener su «no». Más bien, lo que los naranjas y los azules negocian son cuestiones que, aun redundando en la mejora de la política lamentable de este país, tienen un tono menor: ¡pues claro que hay que reforzar las medidas anticorrupción, claro que hay que arreglar lo del Senado y lo de la Administración autonómica y local! Eso es tan obvio que es casi de Perogrullo y uno, por supuesto, saluda que tales reformas se pongan en marcha de una vez, junto con el desbloqueo de las candidaturas electorales, la limitación de mandatos y el eventual acortamiento –¿por qué no supresión? Si, en el fondo, «ellos» siempre están en campaña…– de las campañas electorales, pero no solamente para que no tengamos que ir (o no ir) a las urnas el día de Navidad.
Tengo muchos más ejemplos en la cartera, pero he de dejarlos para otro día. Las limitaciones de espacio me lo imponen. Y no se pierdan los discursos en la sesión parlamentaria: el «y tú más culpable que yo de que tengamos que ir a unas nuevas elecciones» va a ser la tónica de las intervenciones; no hace falta ser un adivino para pronosticarlo. Ni para denunciar la oportunidad que estamos perdiendo para, llegando a un acuerdo para una Legislatura abreviada -la última de Rajoy, según los acuerdos con Ciudadanos–, emprender las reformas regeneracionistas que, ya se ve solamente a través de los ejemplos chuscos que presento, tanto necesita nuestra España. Una auténtica Nueva Política. Pero nada, no hay nada que hacer: salvo sorpresas agradables que aquí jamás se producen, seguiremos donde estábamos, donde, ay, estamos.

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